De pie, en medio del cuarto, estaba una mujer alta y delgada, toda vestida de negro. Sus cabellos eran también negros, negros como el ébano. El color de su rostro, trigueño claro. Sus ojos, hermosísimos y del color de los cabellos. Todas sus formas, elegantes.
Aunque pálida y ojerosa, en la tersura de su frente y en la frescura de su tez se notaba que era una joven de veinte años lo más.
—Caballero—dijo aquella joven con voz dulce y algo trémula,—perdóneme V. que le haya molestado, escribiéndole primero, y después obligándole casi á tener esta entrevista conmigo. Cuando escribí á V. la carta estaba yo muy exaltada: creo que tenía calentura. Esto baste para explicar á V. cualquiera extravagancia que pudiese haber en la carta.
—Señora, ¿qué he de creer entonces de la carta que V. me escribió y que ya califica de extravagante?
—Todo en el fondo. Yo no califico de extravagante sino el estilo, quizás lleno de exaltación.
—Luego es V. mi inmortal amiga.
—Lo soy.
—¿V. me conoce desde hace tiempo?
—Le conozco á V... V. es quien se ha olvidado de mí.
—Dígame V. algo para que la recuerde. ¿Dónde, cuándo nos hemos visto?