—Pues sígame V.
Aunque la ciudad era chica, no tanto que no hubiera en ella un laberinto de calles estrechas y tortuosas, por donde se internó D. Faustino, precedido de la vieja.
Mientras andaban, iba el Doctor formando todo género de hipótesis para explicarse aquella aventura. Podía ser una burla de Doña Costanza ó de su padre ó de algún pretendiente de Doña Costanza. Aquel Marqués de Guadalbarbo, con quien el Doctor había echado las vacas en el Casino, presumía de chistoso. ¿No sería él quien le embromaba? De Málaga, de Granada y de Sevilla habían acudido á la feria algunas mozas alegres, de éstas que llaman ahora traviatas. ¿No sería posible que alguna de estas mozas se hubiese aficionado del Doctor, viéndole en la feria, y deseosa de tener con él una cita, hubiese inventado todo aquel aparato novelesco para lograrla y hacerla más picante y más grata? Pero ¿qué moza andaluza de dicha laya, con perdón sea dicho de las del gremio, tiene el espíritu bastante cultivado para escribir la carta que D. Faustino recibió, é inventar maraña tan fina? Sería su amiga inmortal alguna vieja casquivana? ¿Sería alguna mujer enferma de enajenación mental?
Discurriendo de este modo, llegaron á la puerta de una casa, donde se paró la vieja. Al llegar el Doctor, empujó la vieja la puerta, que estaba entornada, y entró é hizo entrar al Doctor en el zaguán, entornando otra vez la puerta, y quedando el zaguán obscuro como boca de lobo. El Doctor, aunque iba bien armado, tuvo cierto recelo y puso mano á la pistola que llevaba en el cinto. La vieja buscó á tientas el agujero de la llave de la puerta interior, por donde se entraba en la casa desde el zaguán, y abrió con la llave que guardaba en el bolsillo.
La misma obscuridad que en el zaguán había dentro de la casa.
La vieja tomó de la mano al Doctor, y con mucho silencio le hizo subir por una escalera. Luego pasaron por dos cuartos, también á obscuras. Llegaron, por último, á la puerta de otro cuarto, por cuyos resquicios se veía luz. La vieja dió un golpecito en la puerta.
—Adelante,—dijo una voz de mujer.
—Entre V., señor caballero,—dijo la vieja.
D. Faustino entró en el cuarto, y la vieja se quedó fuera.
El cuarto estaba pobremente alhajado, pero muy limpio. No había más que media docena de sillas y una mesa, sobre la cual se veía un velón de Lucena con dos mecheros ardiendo. En el fondo había una puerta, que conducía á una alcoba.