—¿Tiene V. miedo, señor caballero?
—Abuela, yo no tengo miedo. Vaya V. delante y guíe. Iré al infierno, si es menester.
—Tengo encargo de no llevar á V. sin imponerle algunas condiciones.
—Vamos, dígalas pronto. Me someto á ellas como no sean desatinadas. La curiosidad de ver á mi inmortal amiga puede mucho en mí.
—Son las condiciones, que V. no ha de procurar nunca averiguar el nombre de ella; que no la ha de perseguir; que no ha de tratar de conocer la casa á donde voy á llevarle ahora; que no ha de preguntar mañana, ni pasado, ni nunca, si por acaso la recuerda, quién vive en dicha casa, y, por último, que en el punto que yo le diga á V. vámonos, V. me ha de obedecer, dejar la casa, y venirse conmigo hasta este mismo sitio, donde le dejaré para que se vuelva solo á la suya. ¿Acepta V. las condiciones?
—Las acepto.
—¿Me da palabra de caballero de que las cumplirá?
—La doy.
—¿Por lo más sagrado?
—Basta ya. Queda empeñada mi palabra de honor.