Respetilla se había quedado detrás. El Doctor aguardó á que llegase y le dijo:
—Vete á casa; no me sigas: espérame despierto hasta las cuatro.
Bien sabe el demonio lo que se le ocurrió entonces á Respetilla. Perdónele D.ª Costanza el mal pensamiento. Respetilla dió á su amo las buenas noches con un tono lleno de malicia, y le miró con envidia y espanto, como quien dice: ¡Que haya logrado éste lo que no logro yo por más que lo pretendo!
Respetilla no tuvo más recurso que obedecer á su amo, dejarle é irse á la casa.
Solos ya en la calle D. Faustino y la vieja, entablaron este coloquio:
—¿Qué me quiere esa amiga inmortal? Si es burla de algún chusco, yo le prometo que habrá de costarle cara.
—No es burla, señor caballero. Es asunto muy serio. Quizás la carta que recibió V. se resintiese un poco del estado de la desgraciada. Tenía mucha fiebre cuando la estaba escribiendo; pero hoy está bien de salud y forma un empeño grandísimo en ver á V.
—¿Y quién es esa mujer? Dígame V. su nombre.
—No lo sé, y aunque lo supiera no lo diría. Mi obligación es decir á V. que me siga y venga á verla.
—¿Y cómo aventurarme á ir á ver á quien no conozco?