«Eterno amor mío: Te has olvidado de mí. Ya no me conoces. Yo no te olvido y siempre te amo. Mi espíritu está ligado al tuyo por un lazo indisoluble, que ni el destino adverso ni el tiempo destructor romperán nunca. Á través de mil fugitivas existencias, en la rápida corriente de los seres mudables y de las formas pasajeras, mi alma permanece, y tu amor es su esencia. En la vida mortal que hoy tengo en el mundo, el cielo, cuyos fines ignoro y acato, ha puesto entre tú y yo obstáculos casi insuperables. No he querido luchar contra los decretos y designios del cielo. Por eso no me he presentado ante los ojos de tu carne. No quiero que sepas ni el nombre que llevo. Llámame tu inmortal amiga. Velo sobre tí. Te veo sin que me veas. Cuando se rinde al sueño mi cuerpo, mi espíritu vuela á tí y se pone á tu lado. ¿Tan material y distraído te has vuelto, que no me sientes en lo más íntimo de tu ser cuando te acaricio y me uno á tí en un místico abrazo? ¿No hay ya brío en tu espíritu para evocar el mío? Los ojos inmortales de tu espíritu, ¿no logran la aparición de aquélla á quien tanto has amado en otras edades? ¿No hay, ni durante el sueño ni durante la vigilia, un confuso recuerdo en tu mente de los pasados amores? Empiezas á amar, amas ya á otra mujer, y tengo celos. ¡Qué horrible es el tormento de estar celosa! Nada haré, sin embargo, en contra de ese amor que nace en tu alma. En esta vida mortal, no puedes, no debes ser mío. ¡Sería una locura! ¡Sería un crimen!... No me es lícito, por egoísmo, oponerme á que seas de otra. Lo lloraré; lo lloro; pero sabré resignarme. Con todo, si esa mujer á quien amas es fría de corazón, indigna de tí, y te abandona y te burla, yo te consolaré, dulce bien mío. Mi amor invariable no acaba ni con la rivalidad, ni con el desdén, ni con el olvido tuyo. No quiera Dios que llegues á ser infeliz; mas si lo fueres, evócame, dí con toda la energía oculta de tu corazón: «¡Acude, consuelo mío!» y me tendrás contigo. Hace días que lucho con el deseo de mostrarme materialmente á tus ojos. Tal vez no pueda resistir á este deseo. Tal vez te llame para verte y hablar contigo y guardar una prenda tuya. ¿Vendrás si te llamo? Sí, yo creo que vendrás. Eres noble y generoso, y no me privarás de este bien. Quiero un recuerdo tuyo quiero una viva impresión tuya en los sentidos materiales de que estoy revestida, antes de perderte para siempre en esta existencia transitoria, antes de que seas dichoso con esa mujer frívola por lo menos. Adiós. Acuérdate de Tu inmortal amiga

Maravillado se quedó el Doctor con la lectura de esta carta, haciendo sobre ella mil diversas suposiciones.—¿Será mi primita la que me escribe para burlarse de mi romanticismo con algo más romántico todavía? ¿Será alguna loca que se ha enamorado de mí y cree de veras todos estos delirios? ¿Será el tío Alonso, ó algún tertuliano de su casa, que trata de embromarme? En fin, sea como sea, lo mejor es quemar la carta y no decir á nadie que la he recibido. Buen chasco se va á llevar el que pensó divertirse con el efecto que la carta iba á producir en mí.

El Doctor quemó la carta: ni á Respetilla confió palabra de su contenido, ni á su madre, á quien todo se lo confiaba, le escribió sobre dicho incidente.

Siguió el Doctor amando de día á Doña Costanza, y viéndola y hablando de amor con ella por las rejas del jardín, en las altas horas de la noche; pero cuando se quedaba solo en su cuarto, cuando la prolongada vigilia sobrexcitaba sus nervios, creía sentir extraños rumores á su lado, como si se deslizase junto á él una sombra. Una vez despertó de su sueño temblando casi y con sudor frío, y pensó sentir en la frente la impresión ligerísima de unos labios etéreos, que habían depositado en ella un beso de amor. Don Faustino López de Mendoza, filósofo racionalista, estaba avergonzado de su cobardía y de su momentánea credulidad; pero es el caso que dos ó tres noches casi juzgó inevitable la aparición de un espíritu, y sacó de su corazón fuerzas para recibirle con valor y sin amilanarse.—Si es un espíritu, ¿por qué ha de ser terrible?—decía.—El espíritu de una mujer hermosa, de quien anduve yo enamorado, Dios sabe cuándo, no debe ser para asustar, sino para deleitar.—Dicho esto, el Doctor se serenaba y se reía; pero al punto se trocaban en cuidado la serenidad y la risa, porque se persuadía de que estaba oyendo el andar vago y tácito de un espectro que se alejaba, y el susurro de una vestidura levísima, y hasta un suave, profundo y triste suspiro.

¡Cuántas veces resonó en lo íntimo de su alma la última frase de la carta que había quemado: Acuérdate de tu inmortal amiga!

—¿Me iré á volver loco?—se preguntaba entonces.—¿Tendré una naturaleza miserable, débil, nerviosa, en quien prevalece la fantasía sobre la razón y el discurso? ¿Estaré acaso al arbitrio de cualquiera tunante, á quien se le antoje escribirme una carta disparatada, robarme la tranquilidad y sacar de quicio todos mis sentidos y potencias?

Esta agitación oculta del Doctor no impedía que siguiese su vida acostumbrada y que sus amores con D.ª Costanza creciesen en él y permaneciesen en ella en la misma situación germinal, incierta é indecisa.

A las tres noches después de recibir la extraña carta, volvía el Doctor con Respetilla á casa de Doña Araceli. El coloquio amoroso no había sido largo. Eran las dos nada más.

Al revolver de una esquina se acercó al Doctor una pobre vieja y le dijo en voz muy baja:

—Señor caballero, necesito hablar con V. sin que su criado lo oiga. Vengo de parte de la inmortal amiga.