—¿Por qué este misterio en nuestras relaciones?—se preguntaba.—¿Qué perdería mi prima en dejar ver delante de gente que hace más caso de mí, que me distingue más, que empieza á quererme un poco? ¿No hay cierta hipocresía, no hay cierta doblez en su conducta?

La disculpa que hallaba para esto el Doctor Faustino salvaba en parte la buena intención de su primita; pero, en cambio, era desfavorable á la vanidad de él y á sus aspiraciones.

—Mi primita aguarda, sin duda, á que esta propensión que tiene á amarme se convierta en amor ya hecho; á que este germen de pasión nazca y crezca y se desenvuelva. Mientras esto no sucede, estoy amenazado de que su amor muera antes de nacer, ó de que no sea amor, sino simpatía vaga, lo que siente hacia mí. Esta simpatía puede desvanecerse como el humo, y Costancita, previendo que puede desvanecerse, no quiere que deje rastro ni huella. Pero en el fondo de los melindres y niñerías de mi primita, tan mimada y tan candorosa en apariencia, ¿no hay un refinamiento de disimulo, de sangre fría y de cálculo despiadado? ¿No está jugando con mi corazón, con mis sentimientos y hasta con mi dignidad? ¿No es cruel la incertidumbre en que me deja? ¿Es lícito que le sirva yo como de juguete para que se pregunte: ¿le quiero ó no le quiero? y no sepa qué contestar?

Contra estas cavilaciones ocurrían al Doctor varios argumentos que no carecían de alguna fuerza.—¿No seré demasiado exigente?—se decía.—¿Qué derecho tengo á que me ame ya? ¿Qué derecho tengo ni siquiera á que mi amor sea creído? Hasta hace poco, ¿no he dudado yo mismo de mi amor? ¿Por qué extrañar que dude ella? ¿Cómo, pues, culpar á mi prima porque no cede, porque no me entrega sin reserva su corazón, no estando segura de la sinceridad, de la ternura, de la devoción del mío? ¿Qué pruebas de amor le he dado hasta ahora? ¿Qué sacrificio he hecho por ella? En verdad que ninguno. Ir á verla, á hablarla y á besarle la linda mano por la reja del jardín, lejos de ser sacrificio, es regalo y deleite. Y á trueque de tan dulces favores, ni siquiera sé mostrar un poco de paciencia, ni menos tener alguna confianza en su buena fe y sanos propósitos.

Así acusaba el Doctor á su prima, y así la defendía en el tribunal de su conciencia, sin llegar nunca á dictar un fallo definitivo. Entre tanto, siempre estaba deshecho, aguardando la suspirada una de la noche, en que acudía á la reja del jardín, acompañado de su fiel Respetilla.

Los amores de éste no adelantaban más que los de su amo. También seguían en el mismo ser; pero Respetilla se lo explicaba todo, suponiendo que cada tierra tiene sus usos, y que los de aquélla exigían que los amores, tanto señoriles cuanto lacayunos y fregatricios, caminasen con lentitud, y que, en vez de gastar alas, gastasen pies de plomo.—No se ganó Zamora en una hora,—añadía Respetilla.—Lo que mucho vale mucho cuesta. Pues qué, ¿no hay más que meterse de rondón en los corazones de tan lindas mozas, como trasquilados por iglesia, y entrar en ellos á saco y á sangre y fuego, sin previa resistencia, sin combate y sin abrir brecha á fuerza de trabajos y fatigas?

En esta situación las cosas, Respetilla vino una mañana al cuarto de su amo, que acababa de despertarse, y le entregó una carta.

Un desconocido se la había dado en aquel mismo instante, en la puerta de la calle, desapareciendo en seguida.

—¿Quién me escribirá?—se preguntó el Doctor.—¿Si será Costancita?

Esperándolo, sin duda, abrió la carta y leyó con asombro lo que sigue: