El Doctor, deseoso de guardar el secreto de sus coloquios por la reja, contestó á su tía:
—Pero, ¿dónde y cómo he de hablar á mi prima, rodeada siempre de gente ó al lado de su padre?
Aquí Doña Araceli, aunque también había prometido no hablar de la carta amorosa que Costancita le había leído, no pudo disimular más, y exclamó:
—Ea, no seas embustero; fuera disimulo. Yo sé que has escrito á Costanza, declarándola tu amor y pidiéndole una cita. En un momento de expansión, ella me leyó tu carta. Dice que no te quiere contestar. Escríbele otra y verás cómo te contesta. Yo entiendo que ya te ama. Es timidez ó soberbia de tu parte no escribir nueva carta, ya que la primera, si no ha sido contestada, ha sido bien recibida.
El coloquio entre el sobrino y la tía siguió largo rato por este camino, y Doña Araceli hizo tanto, y estrechó de tal suerte al Doctor, que éste, á pesar de su sigilo, vino á confesar á su tía que hacía ya algunas noches que hablaba con Doña Costanza por la reja del jardín.
Doña Araceli recibió la noticia con más júbilo que si fuera ella misma la que hablase por la reja. Su curiosidad de saber hasta los más insignificantes pormenores, rayaba en locura. Gozaba con ellos como si fuese su alma, á la vez, el alma del Doctor y el alma de Doña Costanza enamorada.
D. Faustino tuvo que contarle todo y que repetir lo más importante.
—¡Válgame Dios poderoso!—decía Doña Araceli.—¿Con que siete veces hablando de seguida por la reja, en el silencio solemne de la alta noche, á la escasa luz de las estrellas, en medio de un ambiente perfumado de azahar y violetas; hermosos, jóvenes ambos, y nada, ella no acaba de decidirse ni de confesar que te ama? ¿Tiene el corazón de bronce? ¿Es una piedra y no una mujer? Te aseguro que no lo comprendo. Y dime, hijo mío, sin una falsa vergüenza, que aquí no es del caso: háblame como si yo fuera tu confesor; te quiero mucho y me intereso por tí, dime, ¿vuestras caras no se han acercado nunca hasta tocarse? ¿Tus labios no se han posado ni siquiera sobre la frente de Costancita?
—Nunca, tía. No he hecho más que tomar su linda mano y besarla.
—¡Ay, sobrino, sobrino! Si tú no fueses tan verídico, no te creería. ¡Esa chica es un alcornoque, es un roble! ¡Y cuán disimulada y astuta! ¡Cómo se lo tenía callado! Su condición natural, por otra parte, es recia de veras. No dejan rastro en su cara esas vigilias y esos coloquios. Ni ha perdido la color, ni tiene ojeras. El demonio son las niñas del día. Está fresca y colorada como una rosa. Pero, ¿qué digo como una rosa? ¿Qué rosa no se marchita y deshoja si está expuesta al sol de Julio sin que vierta el alba en su seno una gotita de rocío?