—Tía—contestó D. Faustino suspirando,—yo creo que Costanza no me ama. El sol de mi amor no sólo no puede marchitarla, sino que no existe para ella.
—No, hijo mío, no digas eso; Costanza te ama. Si no te amase, no tendrían perdón la desenvoltura y la coquetería de ir á hablar contigo por la reja. Lo que importa ahora es que adelanten los amores, y que os convengáis pronto, á fin de que los santifique la Santa Madre Iglesia, ciñendo al yugo vuestros cuellos con la suave é indisoluble coyunda del matrimonio.
D. Faustino no tenía qué contestar á tan buenos deseos y balbuceó mil gracias. Animada Doña Araceli, prosiguió diciendo:
—Yo lo arreglaré todo ó he de borrarme el nombre que tengo.
—Tía, considere V. lo que hace y no me pierda. No diga V., por Dios, á Costanza que yo no he sabido callar y he dicho á V. el secreto de nuestras citas. No me lo perdonaría nunca.
—¡Hombre, no te asustes ni te eches á temblar! Si sigues así, vas á ser el marido más gurrumino de que hablen las historias. Pierde cuidado, que nada diré á Costancita de cuanto me has dicho. Yo buscaré otros medios para ganarte por completo su voluntad.
—Gracias, tía; pero... mucha prudencia, mucha circunspección... no echemos á perder el asunto por querer llevarle á escape.
—En buenas manos está el pandero. Ya verás qué son saco de él para que bailes.
—Dios lo haga, tiita Araceli.
—Oye, Faustinito, te voy á decir una cosa, aunque tú, como eres filósofo, te vas á burlar de mí; pero quiero que me agradezcas los sinsabores que por tí paso.