—¿Qué sinsabores? ¿Se enoja quizás el tío Alonso contra V. porque V. protege mis amores con su hija?
—No es eso. A decir verdad, tu tío Alonso, aunque no se enoja, no se alegra de estos amores. Tu tío Alonso tiene más conchas que un galápago, y es menester ser el mismo diablo para penetrar lo que quiere. Lo único seguro es que someterá su voluntad á la de su hija, si ésta se decide con firmeza en tu favor. Por lo pronto, no debo ocultártelo, el tío Alonso no está muy prendado de tí; te halla soñador, distraído, poco ó nada práctico, y, por último, casi no me atrevo á decírtelo, porque yo misma creo, en este punto, que no carece de razón acusándote...
—¿Y de qué me acusa?
—Te acusa...
—Dígalo V.
—Te acusa de poco religioso; pero, en fin, yo espero que tú te enmendarás. Yo he leído en el Año Cristiano y en otros libros piadosos la vida de varias princesas y señoras de alto copete, que se casaron con reyes judíos, moros ó paganos, y al cabo los convirtieron. ¿Por qué no ha de ser Costancita una de tantas? ¿Tiene acaso menos labia ó menos garabato que ellas?
—Sí, tiita: no dude V. de que Costanza me convertirá y hará de mí lo que guste, con tal de que me quiera. Pero, vamos, dígame V. al fin cuáles son esos sinsabores.
—Hijo mío, son una tontería de que te vas á burlar.
—No me burlaré: hable V.
—Ya verás qué débiles y medrosas somos las mujeres. Tú no ignoras que yo viví con tu madre algunos años antes de que se casase; que después, cuando tú eras niño he pasado con ella en Villabermeja una larga temporada, y que siempre nos hemos escrito con frecuencia y con la mayor intimidad. No extrañarás, por lo tanto, que sepa toda la historia de tu familia y de tu casa.