—¿Y qué puede V. saber, tía, que le cause sinsabores? ¿Que soy pobrísimo? Yo no lo oculto.

—No es eso, hijo mío, no es eso. Ya te he dicho que es una tontería, un delirio, pero que me conturba á veces. Has de saber que los bermejinos hablan de un espíritu familiar que hay en tu casa y que interviene en todo. Tu padre, que de nada se asustaba, me contó una vez que, cuando tú naciste, dicho espíritu se le apareció en sueños y le habló de tí, pronosticando cosas obscuras, que no quiso ó no supo declararme. Después oí referir allí multitud de patrañas. Y como tu madre tiene en su estrado el retrato de la persona cuyo espíritu, desprendido hace siglos del cuerpo, es quien suponen que hace las tales diabluras, mi imaginación se ha exaltado en estos últimos días, y he creído ver vagamente dicho espíritu en la forma que tiene en el retrato.

—¿Usted ha visto á la coya, tía?—dijo D. Faustino, con cierto asombro que no pudo disimular.

—Sí, la he visto en sueños dos ó tres veces, y me ha mirado con mucha ira, y he creído entender que se opone á que yo intervenga en el asunto de tu boda. En fin, aunque conozco que esto es una sandéz, he tenido miedo. Hace noches (quédese esto para entre nosotros), con pretexto de que no estoy bien de salud, hago que duerma una criada en mi cuarto.

—Pero V. ¿no ha visto á la coya sino en sueños?

—Pues ¿cómo había de verla de otra suerte?

Dios, hijo mío, no puede consentir que las almas de los muertos se anden siglos y siglos paseando por acá para asustar ó para divertir á los vivos. ¡Pues no faltaba otra cosa!

—Eso es verdad, tía.

—Lo malo es que la imaginación puede mucho. Ella produce una ficción, y sobre esta ficción se levanta luego un caramillo de otras ficciones. Dígolo, porque no hace muchos días fuí á misa muy de mañana á la Iglesia Mayor. Me hinqué de rodillas en el sitio más obscuro y solitario. Apenas noté al principio que había á mi lado una mujer alta, delgada, vestida de negro, al parecer rezando. No sé por qué me fué poco á poco llamando luego la atención su traza peregrina y fuera de lo común. Antes de que yo me levantara, se levantó ella para irse. Volvió entonces la cara hacia mí, la ví por vez primera, y tuve la maldita ocurrencia de creer que se parecía aquella cara á la del retrato que posee tu madre.

—¿Y no ha vuelto V. á ver á esa mujer?—preguntó el Doctor.