—¡Aborrecerte... jamás!... ¡Quiera el cielo que pueda dejar de amarte!

—No, no me ames... Ama á otra que sea menos indigna ó menos desdichada que yo; pero guarda de mí un grato recuerdo. ¡Adiós, primo!

Y Costancita se retiró de la reja, y desapareció, seguida de su criada Manolilla, que había conversado con el fiel escudero. El Doctor se guardó las lágrimas para la soledad. Aquella noche, cuando se quedó solo en su estancia, lloró mucho y durmió poco.

A la mañana siguiente pretextó que acababa de recibir una carta de su madre avisándole que estaba enferma, y dispuso con precipitación su partida.

Después de despedirse ceremoniosamente de su tío D. Alonso y de su prima Costanza; después de repartir quinientos reales de propina á los criados y después de recibir, para alivio de penas, un millón de besos, de abrazos y de lágrimas de la niña Araceli, el Doctor tomó el camino de Villabermeja, acompañado de Respetilla, en cuyo mulo iban los baúles con los uniformes y demás galas, que tan poco habían servido y valido.

Dejémosle ir en paz, si es posible, y pidamos al cielo que le dé valor y sufrimiento bastantes para las penas y trabajos que tiene que pasar aún.

El lector y yo nos quedaremos algunos días más en la ciudad natal de Costancita, donde hemos de presenciar sucesos de gran transcendencia para esta verdadera historia.