Hasta el suponer Doña Costanza que su alma era hermana de la del Doctor, combatida por las mismas encontradas pasiones, presa de iguales sentimientos en lucha, le hacía simpático, querido y adorable á su primo. Mas por aquello que más le amaba era por lo que le desechaba y apartaba de sí.

—Se me desgarra el corazón—decía Doña Costanza,—pero es preciso que no nos volvamos á ver; es preciso olvidar estos días de locura, este sueño fugaz de amor insano y peligroso.

Así Costancita coronaba de flores á su víctima al clavarle el puñal en las entrañas.

Su voz estaba trémula, entrecortada por los sollozos. Gruesas lágrimas brotaron de sus ojos y corrieron por sus mejillas.

Lo que Doña Araceli extrañaba tanto que no hubiera sucedido antes sucedió entonces, sin que nosotros lo podamos remediar. Costancita, como estaba llorando, inclinó la frente contra la reja, y el Doctor, conmovidísimo, acercó los labios y dió un beso en aquella serena y cándida frente.

Entonces, como si volviese en sí de un arrobo melancólico, dijo Costancita:

—¡Adiós, primito, adiós!

Costancita hizo ademán de irse.

—¿Así me dejas, cruel?—exclamó D. Faustino.

—Es preciso: nuestra suerte lo dispone. ¡Adiós! No me aborrezcas.