El sol brilló aquel día como los demás. Vino la noche, y no faltó una sola estrella en el cielo. Ni una flor se deshojó más pronto de lo prescrito por su naturaleza.

Costancita pareció en paseo y en la tertulia de su casa tan inmutable y serena como el sol, las estrellas y las flores.

Doña Araceli trató también de disimular su mal humor; pero no pudo disimularle tanto como su sobrina. Aquella noche jugó al tresillo: según costumbre, siempre se enfadaba y rabiaba cuando perdía; pero aquella noche se enfadó y rabió mucho más. Se lamentó de su constante mala suerte, suspiró, chilló, y al Marqués de Guadalbarbo, que tuvo la poca galantería de darle tres codillos, le llamó grosero. Doña Araceli tuvo también en la punta de la lengua la palabra fullero: hasta tal extremo llegó á perder los estribos y la debida compostura.

A la una de la noche fué el Doctor á la callejuela, acompañado de Respetilla. Doña Costanza tardó más que otros días en salir á la ventana. Salió, por último; pero llorosa, sobresaltada y triste.

—Faustino—dijo,—mi padre lo sabe todo. No sé quién se lo ha dicho; pero lo sabe todo; y acaba de reñirme del modo más cruel. Me ha hecho prometer que no volveré á hablarte. Falto sólo á la promesa para despedirme de tí. Mi padre se opone resueltamente á estos amores, y no debo resistir á su voluntad. El hado inexorable nos separa. Olvídate de mí. Compadéceme. Al menos quiero tener este desahogo al perderte; no puedo ocultártelo más: ¡te amo!

El te amo final fué la dulzura en que vino envuelto todo lo amargo de las mal disimuladas calabazas. El Doctor entendió (y quizás no se engañaba, porque el corazón humano es un abismo tenebroso) que el te amo era la mayor verdad que había en todo el razonamiento de Doña Costanza. La propuso que la robaría y la llevaría depositada donde ella quisiese, y aseguró que, por amor de ella, arrostraría todos los peligros y desafiaría la cólera de cuantos poderes naturales y sobrenaturales hay en el universo.

Con superior talento, y sin herir al orgullo del Doctor, hizo ver Doña Costanza que los planes de rapto, de bodas contra la voluntad paterna y de retiro bermejino, eran delirios vitandos. Demostró asimismo que su padre tenía razón en oponerse á los amores, y que ellos, aun amándose mucho, como se amaban, se harían infelices si fueran marido y mujer; que el cielo repugnaba aquel matrimonio; que el Doctor tenía abierto un risueño porvenir de venturas y de gloria, y que ella, lejos de prestarle alas para llegar á él de un vuelo, le pondría grillos en los pies para que ni siquiera pudiese recorrer el camino paso á paso.

En suma, Costancita estuvo elocuente, inspirada, deslumbradora. Siento no hallarme en vena para trasladar aquí fielmente todo lo que dijo. Serviría de modelo á mil discursos semejantes que con frecuencia se ven obligadas á pronunciar las señoritas.

El pobre Doctor, aunque desahuciado, abandonado y pisoteado, tuvo que quedar agradecido.

No se entienda, sin embargo, que Doña Costanza era una coqueta fría, embustera, hipócrita y sin entrañas. Con su tía por la mañana y con el Doctor por la noche, había sido el mismo candor y la misma sinceridad. No mentía afirmando que amaba al Doctor. Le amaba, y le amaba ardientemente; pero también amaba su bienestar, su vanidad de mujer y sus esperanzas de brillar un día y de deslumbrar en el gran mundo.