—Tía, en todos los tiempos ha sido lo mismo. Por otra parte, no tengo yo la culpa de saber y de discurrir tanto. Cuanto he dicho, y más, me lo ha enseñado mi padre. El novio mismo, tan poético, que me ha buscado V., me enseña á discurrir como discurro.
—Pero, hija, yo creo que discurres mal y de un modo perverso. Pues qué, ¿para no pasar por semifregona ó por dama temporera es menester tener más de tres ó cuatro mil duros al año? Esos diamantes, esas riquezas las necesitan las feas ó las necias para llamar la atención; pero las discretas y hermosas, como tú, se abren camino y brillan por donde quiera sin joyas ni dijes. ¿Qué joya más rica que la belleza? ¿Qué dije más raro que el verdadero ingenio? ¿Qué perla más luciente que la discreción? Además, á una señora como tú, tan bien nacida y emparentada, ¿quién ha de atreverse á no tenerla por legítima señora, aunque no vaya en coche?
—Tía, crea V. que el dinero es el que constituye en esta época, como quizás constituyó en todas, la verdadera aristocracia. Sin dinero seré plebeya, aunque descienda del Cid, y con dinero pasaré por la hidalguía personificada, aunque sea hija de un contrabandista, de un lacayo, de un negrero, de un usurero ó de un bandido.
Doña Araceli trató de impugnar aún los endiablados razonamientos de Costancita; pero pronto desfalleció y se rindió, no por falta de convicción, sino por torpeza de pensamiento y de palabras.
—¿Y qué piensas hacer, hija mía?—dijo por último.
—Si yo tuviese veinte mil duros de renta—respondió Costancita,—me casaría sin vacilar con mi primo. Esto probará á V. que le amo. Si yo no tuviese nada, si estuviese tan perdida como él, también le tomaría por marido, porque él, al tomarme por mujer, me demostraría un verdadero y profundo amor, que satisfaría mi orgullo y me movería á no ser menos generosa; pero mi mediana fortuna destruye estos dos extremos poéticos, y me coloca y le coloca en un justo medio de prosa tan vil, que no hay más recurso que despedir á mi primo, dándole calabazas con la mayor dulzura. Y crea V. que lo siento, tía. Vaya si lo siento. Si estoy enamorada de él, ¿no he de sentirlo?
Y al decir esto, aquella extraña muchacha se echó á llorar como un niño mimado á quien se le rompe su más precioso juguete.
Doña Araceli estaba consternada. Pensó que el infortunio la perseguía siempre en todos sus amores, así en aquéllos en que había hecho el primer papel, como en los que hacía el papel tercero. Doña Araceli había sido incasable, y seguía siéndolo en cabeza ajena. Un destino feroz ahuyentaba de su lado al dios Himeneo. Cuando joven no había sido casadera, y cuando vieja no lograba ser casamentera. Estas ideas melancólicas acudieron en tropel á su alma, y Doña Araceli acompañó en su llanto á Costancita. Ambas lloraron á dúo, con la mayor desolación, los infaustos amores del Doctor Faustino.
Parecía el duelo que, allá en las antiguas edades, en Creta y en otros países, debían de hacer las madres cuando llevaban al sacrificio á los hijos de sus entrañas, que eran sus amores, y que iban á ser inmolados en aras de los dioses Cabires ó de otros implacables genios subterráneos, creadores y repartidores de los metales esplendorosos.
En fin, hartas de llorar, ambas se enjugaron las lágrimas, reconociendo que el mal no tenía remedio.