—Tía, tía—respondió Doña Costanza,—V. viene contra mí espada en mano. V. es quien viene á herirme. V. viene tremenda. ¿Y cómo quiere V. que yo conteste á todo eso? Deseo amar á mi primo. Me siento inclinada á amarle, pero no le amo aún. No es culpa mía. ¿Mando yo en mi corazón?

—Pero, hija, ¿qué corazón es entonces el tuyo? Pues qué ¿después de tres ó cuatro semanas de ver, de hablar, de tratar á tu primo, nada te dice el corazón ni en favor ni en contra?

—No es que no me dice nada el corazón. El corazón me dice demasiado, y la cabeza responde; y entre el corazón y la cabeza se arman disputas crueles, que me aturden y desesperan.

—Confíate en mí, Costancita,—dijo Doña Araceli con mucha ternura, acercándose á su sobrina y dándole un cariñoso abrazo.

—Mire V., tía, la quiero á V. tanto, la creo á V. tan buena, que voy á abrirle mi alma y á revelarle cuanto hay en ella de bueno y de malo. Voy á exponer á V. mis dudas y contradicciones con franqueza y lealtad.

—Habla, habla, hermosa mía.

—Sin bromas, tía Araceli: yo soy niña, soy inexperta, sé poco de pasiones y de lances de amor; pero sospecho que en el amor hay grados, como en todo. Hasta cierto grado me parece que amo ya á mi primo, el cual es discreto, buen mozo, instruído y tiene otras muchas prendas estimables. Con la mitad, con la cuarta parte del amor que yo profeso ya á Faustinito, tiene de sobra cualquiera otra para aceptar á un hombre por novio y luego por marido. Pero yo reflexiono demasiado, y necesito doble ó triple amor del que tengo para casarme con mi primo, venciendo las reflexiones. Creo que él me ama; pero también necesito en él doble ó triple amor del que me tiene.

—¿Cómo es eso? Explícate.

—Es muy sencillo. Con doble ó triple amor, con un amor inmenso, sublime, sería nuestra unión dichosa. Viviríamos aquí ó en Villabermeja en un perpetuo idilio. Cuidaríamos de nuestra hacienda y la aumentaríamos. Nuestros hijos, si llegábamos á tenerlos, serían la gloria, la honra, los amos de estos lugares. Faustino y yo recorreríamos en paz, y estrecha y amorosamente enlazados, el sendero de la vida, cubierto de flores, sin nada que turbase nuestra tranquilidad ni que envenenase la copa encantada é inexhausta de nuestra dicha en el mundo. Pero sin ese amor, triple del que hoy nos tenemos, me inclino á creer que, si nos casásemos, seríamos infelices los dos. Yo no me resignaría á vivir aquí ó en Villabermeja, y Faustino menos, porque es muy ambicioso. Él no tiene nada, y yo espero tener poquísimo. Mi padre podrá darme, á lo más, tres ó cuatro mil duros de renta. ¿Y qué es esto para vivir en Madrid? Quiero suponer que Faustino es un genio, un prodigio. ¿Cree V. que con sus versos, sus literaturas y sus filosofías, atinará á ganar mil duros al año sobre lo que yo lleve? Yo no lo creo. Si se mezcla en política podrá tener algún destino importante por espacio de seis meses ó un año, y luego se seguirá un largo período de cesantía. Como Faustino no es un hombre de cierta clase, como es más bien ave cantora que ave de rapiña, siempre vivirá pobre. Aun suponiendo que él vale mucho, que va á encumbrarse á los primeros puestos, y que le va á durar la prosperidad, todos los miserables sueldos que tenga durante su vida, acumulados y sumados, si fuere dable que los ahorrara, no puede nadie afirmar que constituyan un capital de veinte mil duros, ó sean mil duros de renta ó poco más cada año. No es esto negar que Faustinito no logre brillar como sabio, como orador ó como poeta; pero con este brillo ni se paga á la modista, ni se compran elegantes muebles, ni coches, ni caballos, ni joyas, ni trajes, ni todo lo que necesita una señora para brillar ella también. Sería muy triste, tía, que tuviese yo que consolarme y aquietarme con gozar del reflejo de la gloria de mi marido, y que, si alguna vez me sacaba á relucir, pasase yo entre las damas aristocráticas de la Corte por una señora temporera, efímera ó provisional, por una semi-fregona, encogida y obscura, de quien unas preguntarían:—¿Quién es esa?—Y otras responderían con desdén:—Esa es la ministra tal; esa es la mujer del Doctor Faustino ó del poeta Faustino.—Peor es, á no dudarlo, que el marido sea el obscuro ó aquél á quien sólo por su mujer se le conozca, como también hay muchos. Aflictivo y vejatorio ha de ser para un hombre el que le designen con el título del marido de la Doña Tal, ó del marido de la Condesa de Cual, ó algo por este orden; pero también es vejatorio y aflictivo lo contrario, y yo no me resigno á sufrirlo. En resolución, con lo que mi padre puede darme y con las ilusiones y esperanzas vagas de Faustinito sería un disparate casarnos, á no querernos tan fervorosamente, que ambos sacrificásemos todo sueño de ambición y de gloria, y nos resignáramos á vivir en un rincón. No crea V. que no comprendo yo la poesía de esta vida. Tanto la comprendo, que he ido y voy aún en busca de ella con mil esfuerzos de voluntad. He hecho lo posible por crear en mi alma un amor tal por Faustino, que venciese en mí el orgullo y las demás pasiones. He hecho lo posible por crear también en su alma un amor tal por mí, que matase su ambición y todas sus ilusiones mentirosas. No me lisonjeo de haber logrado ni lo uno ni lo otro. Se lo confesaré á V. todo. No por una perversa coquetería, sino llevada de mi deseo de amor, y de todos estos ensueños campestres y de idilios que luchan con otros ensueños, he citado á Faustino por la reja del jardín, he hablado con él, le he dado á besar mi mano, y casi, casi le he dicho ya que le amaba. Él ha estado elocuente, apasionado, tierno; pero entretejiendo con sus amores sus ensueños de gloria, y pintándome inhábilmente, para seducirme, la realización de sus esperanzas, con lo cual despertaba en mí la ambición, que á menudo olvidan los hombres que también agita el alma de las mujeres.

—¡Ay, niña Costanza!—esclamó Doña Araceli, casi con lágrimas en los ojos, muy contrariada y atribulada.—Me pasma, me aterra, me confunde lo que sabéis y discurrís ahora las muchachas. No era así en mi tiempo.