D. Faustino empezaba á hacer un papel bastante desairado. Toda la gente de la ciudad, porque en una pequeña ciudad de provincia casi nada se encubre, sabía que había venido á vistas; y como de las vistas nada resultaba, y podían al cabo resultar unas calabazas, mientras más tiempo pasara, sería mayor y más ruidoso el desaire. Como el Doctor no tenía mundo, y estaba además enamorado, no comprendía bien esto.
Aunque Doña Araceli amaba con todo su corazón á Doña Costanza, el amor no quita conocimiento, y Doña Araceli auguraba mal del disimulo y recato de su sobrina, que hablaba por la reja con el Doctor sin confiárselo; y peor auguraba aún del dominio que tenía sobre sí para que, después de siete noches en que un joven tan gallardo le había hablado de su amor, era de suponer que con arrebatadora elocuencia, no hubiese ella dado un sí y siguiese consultando su corazón, sin averiguar lo que su corazón respondía. Doña Araceli se acordaba de su juventud, y allá en el sigilo profundo de su conciencia se representaba las escenas por la reja, cuando ella también había hablado con una persona querida. ¿Cómo resistir, si se ama un poquito, á las palabras dulces y ardientes, á los suspiros, á los juramentos de amor, á las quejas, al deseo expresado en el gesto y en las miradas lánguidas, cuando todo ello viene fortalecido por la magia del silencio, del reposo nocturno, de la obscuridad, de la incierta luz de los astros, que parece que se enamoran unos á otros en la bóveda azul; del perfume de las flores, de la blanda frescura del regalado ambiente, del arrullo lejano de alguna paloma ó del trino amoroso de algún ruiseñor, y de otros mil incentivos que ofrecen á tales horas, y en la primavera, el clima, el suelo y el cielo de Andalucía? Todo esto, según lo recordaba Doña Araceli, era irresistible á los diez y ocho años de edad.
Comprendan también mis lectores que ya he dado á entender que Doña Araceli había sido algo frágil y más amorosa que severa. Las que presumen de severidad, lo primero que deben hacer es no acudir por la noche á la reja á hablar con el novio. No por eso sostendrá aquí el autor de esta historia que no haya mujeres que acudan á la reja; que estén enamoradas del que habla con ellas, y que escatimen tanto ó más que Doña Costanza los favores y las generosas condescendencias; pero repito que lo mejor es no acudir á la reja. Así se lo recomiendo á los padres, hermanos y madres de las señoritas andaluzas. Quien quita la ocasión, quita el ladrón. No sólo el vino embriaga.
Sea como sea, Doña Araceli no acertaba á comprender por qué, á pesar de toda su honestidad y católica crianza, Costancita, ya que había bajado á la reja durante siete noches, no había permitido siquiera que su primo le diese un beso en la frente. Para la condición, los ímpetus y las ternuras de Doña Araceli, esto constituía prueba plena de que Costancita no quería al Doctor, y estaba entreteniéndole y divirtiéndose con él.
—En efecto—pensaba Doña Araceli,—es menester estar revestida de la piel del diablo para bajar á hurtadillas al jardín, de una á dos ó tres de la noche, para acudir con tanto misterio como si fuera un delito, y todo esto con el propósito de dar la mano á besar y de decir:—Ya veremos si te quiero. Está visto: ¡son incomprensibles las muchachas del día!
Otra consideración se ofrecía á la mente de Doña Araceli, que no tiene vuelta de hoja, y con la cual no dudo que estarán de acuerdo mis lectoras más graves.
La conducta de Costancita no tenía buena interpretación. ¿Para qué aquel misterio? ¿Para qué no decir paladinamente que amaba á su primo? ¿Para qué no hablarle ya como á futuro delante de todos los tertulianos de su casa? Lo de ir á la reja era comprometido y pecaminoso, y ni siquiera tenía la disculpa del amor, ya que Costancita aun no amaba.
Hechas todas las reflexiones susodichas, y muchas otras que en obsequio de la brevedad se pasan por alto, Doña Araceli se puso la mantilla y se fué á casa de D. Alonso, resuelta á arreglarlo ó tronarlo todo, sin más dilación ni rodeo.
D. Alonso estaba en el Casino y Doña Costanza recibió sola á su tía. Lo que hablaron es de suma importancia, y se traslada aquí tan fielmente como pudiera hacerlo un taquígrafo.
—Costancita—dijo Doña Araceli después del saludo y tomar asiento,—quiero que nos entendamos de una vez. El hijo de mi mejor amiga ha venido aquí, confiado en mis promesas y buenos oficios, y no conviene que salga burlado. ¿Le quieres ó no le quieres? Ya no puedes alegar que él no te ama, que él no se ha declarado. ¿Para qué hacerle penar? ¿Para qué tenerle en una espantosa incertidumbre, si es que le amas? Y si no le amas, para qué engañarle con vanas esperanzas, consiguiendo así que sea más honda, quizás mortal, la herida que piensas hacerle ó que ya le has hecho?