Doña Ana sabía ya las visitas de su hijo en casa del Escribano, y estaba contrariada; estaba como sobre ascuas. Era duro exigir de un joven que se enterrase en vida, que no tratase con nadie. De tratar con alguien en Villabermeja, era evidente que lo más comm’il faut, la high life legítima, el verdadero mundo fashionable residía en la tertulia de las Civiles. Y, sin embargo, Doña Ana (tan cogotuda la había hecho Dios) se avergonzaba de que su hijo cenase con las Civiles y las tratase familiarmente, y se asustaba previendo mil compromisos y enredos. Algo de esto expuso á su hijo con notable circunspección y prudencia; pero todo fué inútil. Á la hora convenida, el Doctor, caballero en su jaca, y Respetilla en su mulo, estaban á la puerta de las Civiles para ir á la gira campestre.

Rodeada de multitud de chiquillos, salió y se puso en marcha la expedición. El Escribano y don Jerónimo iban en sendas mulas con aparejos redondos. Rosita á caballo, á la inglesa, con traje de amazona hecho en Málaga. Y por último, Ramoncita, Elvirita y Jacintica iban en burros con jamugas. Resultaba, pues, que Rosita y el Doctor, que iban al lado la una del otro, parecían los reyes de aquella pompa, y los demás el séquito ó comitiva. Aquello era lo que vulgarmente se titula dar una gran campanada. El lugarcillo se alborotó. Todas las mujeres salían á las ventanas para ver pasar á las Civiles y al Doctor Faustino, que desempedraban las calles. Se diría que era el triunfo de Rosita, que iba luciendo á su cautivo enamorado.

Durante todo el viaje Rosita fué delante siempre con el Doctor al lado, el cual le daba la derecha, mientras la anchura del camino lo consintió.

No hacía ni calor ni frío. El tiempo era hermosísimo.

Por medio de viñas y olivares fueron subiendo la falda de uno de los cerros que tanto limitan el horizonte bermejino. Á la media legua no se veía á un lado y otro ni planta ni hierba alguna, sino piedras enormes. El cerro, casi como cortado á tajo, era una masa de áridos peñascos, sin capa vegetal. Formando mil revueltas, se prolongaba el camino, que más que camino pudiera calificarse de escalera. Sólo caballerías muy acostumbradas, como las de que se servían nuestros expedicionarios, podían ir por allí sin venir al suelo y derrocar á los jinetes.

Cerca de una hora duró esta ascensión dificultosa. El horizonte iba extendiéndose á medida que subían. Al rayar en lo más alto, se descubrían desde allí provincias enteras, iluminadas por un sol refulgente, y claras y distintas, merced á la transparencia del aire, limpio de nieblas y nubes. Se veían en lontananza Sierra Morena, al Norte; hacia el Oriente, el picacho de Veleta, cubierto de nieve, y la serranía de Ronda hacia el Mediodía. Dentro de estos límites, poblaciones blancas y alegres, caseríos, huertas, viñedos, ríos y arroyos, bosques de olivos y encinas, santuarios célebres en las cimas de varios cerros, y muchísimos sembrados, que verdeaban entonces con todo el esplendor de la primavera.

—¡Bendito sea Dios!—exclamó Rosita.—¡Qué vista tan hermosa!

—Yo no veo más que á tí—contestó el Doctor.—¿Para qué buscar la hermosura remota cuando la tengo á mi lado? En tí se cifra todo lo mejor de la tierra y del cielo. ¿Para qué cansar la mirada y la mente recogiendo la belleza difusa, y para qué abarcar tanto espacio y cuadro tan extenso al concebirla toda, si la tengo en tí en compendio y resumen?

—Cállate, lisonjero, mentiroso; cállate, que me voy á volver tonta y presumida con tus elogios. ¿Ves todos esos campos? ¿Ves todas esas tierras que desde aquí se divisan? Pues en verdad que nada de por sí vale tanto como la Nava, á donde pronto vamos á llegar. El verdadero Paraíso terrenal está en la Nava.

—Donde quiera que estés tú, estará para mí el Paraíso.