Entre el Doctor y Rosita se cruzaron estas pocas palabras en un momento en que pudo el Doctor aproximarse á ella. Casi siempre, durante la subida, tenían que ir uno en pos de otro, pues la senda no tenía anchura para más, y aspirar á ir dos en fondo por allí hubiera sido exponerse á bajar derrumbados.

Respetilla, que iba detrás de Jacintica, como no podía tener apartes con ella, se distraía cantando coplas de playeras muy amorosas. En todo era Respetilla jocoso, menos en esto de cantar las playeras. Las cantaba con mucho sentimiento. Era un gemido prolongado que ansiaba llegar al cielo; era un suspiro melodioso que traspasaba los corazones. Así iba cantando entre otras coplas:

Cuando yo me muera
Dejaré encargado
Que con una trenza
De tu pelo negro
Me amarren las manos.

Esta oración jaculatoria, esta melancólica saeta hería sin duda el alma de la divinidad á quien se dirigía, que no era otra sino Jacintica; mas no por eso dejaba de agradar á los demás oyentes. No hay nada que, en medio del campo, en la soledad de un camino, cuando se va andando paso á paso, tenga mayor hechizo que una copla de playeras bien cantada.

Por último, llegaron todos á lo alto. Un hermoso espectáculo se ofreció entonces á sus ojos.

Aquellos peñascos áridos y desnudos se diría que forman como un enorme vaso lleno de la tierra más fértil. La Nava es una meseta que tendrá por la parte más ancha dos leguas de extensión. Por unos lados se sube á la meseta desde terrenos más bajos; por otros, se levantan soberbios montes, desde donde descienden varios arroyos abundantes, que fertilizan aquel lugar delicioso. En las laderas, que se inclinan hacia la Nava, hay viñas, almendros, acebuches y encinas; en la misma Nava, prados cubiertos de hierba y de mil géneros de flores silvestres. Los arroyos se han abierto cauce, al parecer sin que intervenga la mano del hombre, y en sus orillas y cerca de sus orillas se han formado sotos frondosos, donde resplandecen los alisos, los álamos blancos y negros, los fresnos y los mimbrones. Cuando un arroyo hace remanso, crecen los juncos, las espadañas y la juncia; y por todas las orillas embalsaman el ambiente los mastranzos, el toronjil y la mejorana.

Florecía entonces todo en los prados, merced á la primavera; y sobre el fondo verde de la hierba fresca y tierna lucían, cual rico esmalte ó cual bordado primoroso, las nigelas azules, los lirios morados, la salvia purpúrea, la amarilla gualda y las blancas margaritas.

Otras mil flores y plantas brotaban espontáneamente por toda aquella llanura y al borde del sendero por donde iban ya caminando el Doctor y Rosita. Las marimoñas y las mosquetas se podían segar; las adelfas arbóreas empezaban á abrir sus capullos y mostrar el color sonrosado de sus más tempranas flores, y el romero y el tomillo perfumaban el aire puro.

Buscando sombra y frescura, habían acudido allí mil linajes de pájaros, como pitirojos, vejetas, oropéndolas, verderoles, gorriones y jilgueros, los cuales parecía con sus trinos que saludaban á los recién llegados.

Rosita estaba entusiasmada de todas aquellas bellezas y muy satisfecha de mostrar á D. Faustino los encantos de los dominios de su papá, en los cuales ya habían entrado. Aunque gentes de otros lugares tenían fincas en la Nava, la mejor y más grande era la del escribano D. Juan Crisóstomo Gutiérrez.