Poseía éste, en las laderas contiguas á aquel llano, muchas fanegas de majuelo, que estaban á la sazón binando más de cincuenta hombres que habían venido de varada; y en la misma meseta, muchos prados, donde tenía toros bravos, vacas, novillos, ovejas y carneros. El Escribano había asimismo circundado de un seto vivo de granados, zarzamora y lentisco un buen espacio de tierra, donde tenía un huerto con frutales y muchas legumbres. Á la entrada del huerto se parecía la casa de campo, capaz, limpia y bonita. Allí había bodegas, lagar, tinado para los bueyes, y algunas habitaciones cómodas para los señores.
La placeta, que se extendía delante de la fachada, estaba empedrada de redondas chinitas ó piedrezuelas, formando dibujos con sus varios colores, como si fuese un rústico mosaico, y todo alrededor había higueras, nogales, floridas acacias y una multitud de rosales de todos géneros, llenos entonces de rosas blancas, rojas y amarillas.
Una torre de la casería servía de palomar, y las mansas palomas bajaban á la placeta y venían casi á posarse sobre las personas, y á tocarse los picos y á arrullarse allí sin el menor recelo. Multitud de golondrinas habían formado sus nidos entre las tejas salientes y el muro de la casería. Aficionadas á la sociedad humana, las golondrinas prorrumpieron en jubilosos chirridos cuando llegaron Rosita, el Doctor y los demás de la expedición.
La casera, el casero y sus hijos salieron á recibirlos y á tener las caballerías, que llevaron á los pesebres.
Ya todos á pie, se formaron cuatro parejas, asidas de los brazos, y se fueron á ver el huerto, que era precioso. Aún no había más fruta que alguna fresa; pero el lozano y pródigo florecimiento de mil frutales, como cerezos, manzanos, membrillos y albaricoqueros, prometía abundante cosecha. Quedaban algunas violetas tardías, que era la flor de que más gustaba Rosita, y en busca de las violetas se fué Rosita con el Doctor á los umbríos, donde, penetrando poco los rayos del sol, se mantenía más fresca la tierra y consentía que las violetas durasen.
Allí dijo el Doctor á su compañera:
—Todo esto es amenísimo, hechicero; mas, si tú no me amas, me parecerá horrible.
—¿Pues no te he dicho que te amo?—contestó Rosita.
—No basta decirlo—replicó el Doctor.—Mira tú cómo se aman todos los seres en esta venturosa estación. Imítalos amando. El aire que se respira parece un filtro de amor, y en todos, menos en tí, obra sus mágicos efectos.
—Déjame ahora tranquila—contestó Rosita.—¿No puedes gozar de la felicidad presente, ambicioso, inquieto, anhelante de mayor bien? Oye, Faustino: yo no soy calculadora; yo no reflexiono mucho cuando me mueve la voluntad algún poderoso estímulo; pero un pensamiento triste me conturba á veces. Imagínate que estamos á orillas de aquel río misterioso de que habla la leyenda; que esta acequia, que riega el huerto, es ese río; que esta hoja seca, que está cerca de la margen, es la barquilla que nos convida á aventurarnos en la corriente, y que ya nos hemos aventurado. ¿No será posible que nos castigue el cielo, y que en vez de ir al Paraíso terrenal vayamos á caer en un precipicio?