—Cruel—dijo el Doctor,—si tú me amases no pensarías tanto en lo futuro: reconcentrarías tanta felicidad en el momento presente, que bastaría con ella á llenar todos los siglos. ¿Qué martirio, qué desengaño, qué mal, que viniese más tarde, podría igualar la ventura de ahora?
Así se explicaba el Doctor cuando D. Juan Crisóstomo y Elvirita llegaron al sitio en que estaban. Luego vinieron también las otras dos parejas, y todas juntas rieron y charlaron.
La hora del crepúsculo fué encantadora en aquel sitio. Las flores dieron más perfume; el aire se llenó de más grata frescura; los pájaros despidieron al sol, que se sepultaba entre nubes de carmín y oro, con trinos y gorjeos más amorosos y suaves.
Volvieron al tinado los bueyes y las vacas, y al corral, que servía de aprisco, los novillos más tiernos y muchas ovejas con sus recentales. Los cincuenta hombres que habían estado binando se vinieron á la casería, con el aperador á la cabeza. Todos traían las azadas al hombro, menos el aperador, que llevaba la vara, signo de su autoridad y como bastón de mando con que dirigía las faenas agrícolas. De la vara, sin duda, proviene que cuando van jornaleros á una finca distante de la población y duermen en ella, durante algunos días, hasta que terminada la obra vuelven al lugar, se diga que van de varada.
La varada debía terminar al día siguiente. Los cincuenta hombres aún dormían aquella noche en la casería, donde tenían para dormir una cámara espaciosa.
Todo era, pues, animación y bullicio rústico en la puerta y placeta de la casería, cuando llegó la noche. Con la venida de los amos no pudo menos de prepararse una gran fiesta. La noche convidaba á ello. El cielo despejado dejaba que la luna y las estrellas derramasen su luz pálida sobre todos los objetos, orlando los árboles con perfiles de plata y difundiendo por donde quiera una incierta y vaga claridad. Los ruiseñores cantaban en la espesura; los arroyos murmuraban con cierta monotonía, y lo apacible y regalado de la noche convidaba á tomar el sereno.
Pronto se improvisó un magnífico baile en la ya descrita placeta. Entre los jornaleros había dos que habían traído guitarras y que las tocaban bien, no sólo de rasgueado, sino de punteo. Cantadores sobraban, y no faltaba por cierto gente que bailase. La casera que era joven, las Civiles y Elvirita y Jacinta gustaban todas del fandango. Los jornaleros más ágiles bailaron con ellas; pero ni D. Juan Crisóstomo, ni D. Jerónimo, ni el propio Doctor, á pesar de toda su gravedad filosófica, pudieron excusarse de dar unos cuantos brincos y de hacer dos ó tres docenas de piruetas y mudanzas.
Respetilla estuvo inspirado, sobre todo hacia lo último de la función, porque en medio de ella todos cenaron corderos en caldereta, guisados por los pastores, con lo cual se despilfarró el Escribano, cocina de habas con cornetillas picantes, y un salmorejo rabioso de puro salpimentado. Con estos llamativos de la sed nadie desdeñó el vino de las bodegas de la casería, que circuló con profusión en jarros para los jornaleros y criados, y en vasos, para los señores. Con el jaleo, regocijo, confusión y general tremolina, Rosita y el Doctor pudieron decirse cuanto quisieron. El Escribano se puso alegre, y Respetilla recitó muy bien, y sin esforzarse, la relación del borracho que habla con su novia, y recitó además la relación de El Ganso de la botillería.
Para que nada faltase, hubo juegos, que Respetilla sabía dirigir y aun componer admirablemente. Por juegos se entienden algo como representaciones dramáticas, en su forma más ruda. Los actores son cómicos y poetas á la vez, y cada uno inventa lo que dice. Uno solo, y aquella noche lo fué Respetilla, es el que dirige y compone el argumento y plan del drama.
Dos juegos ó dramas hizo y representó Respetilla aquella noche: uno histórico y otro fantástico. Versaba el histórico sobre las burlas que la reina María Luisa hacía á muchas personas, porque era muy chistosa y amiga de burlas. Solo Quevedo puede y sabe más que la reina en esto de burlar, y acaba por hacer á la reina una burla más aguda, con lo cual quedan las otras vengadas. En este juego hizo Jacintica de reina María Luisa, y Respetilla de Quevedo.