El otro juego fué más común y ordinario; fué de los que más se usan en las caserías y cortijos. El protagonista es un jornalero decidor, enamorado, valeroso y algo borracho; en suma, un Don Juan Tenorio plebeyo. Respetilla hizo este papel. Nuestro héroe, aunque comete doscientas mil insolencias, se gana la voluntad de San Pedro, de San Miguel ó de otro santo; y cuando viene el diablo en su busca para llevárselo al infierno, hace que el diablo pase la pena negra y se mofa de él á casquillo quitado. Para diablo se busca siempre en estos juegos al más bobo que se puede hallar en toda la compañía. Aquella noche había, por fortuna, uno muy bobo, y Respetilla hizo reir á su costa, obligándole á salir dando bramidos, con unas trébedes en la cabeza, como corona del monarca del abismo, á cuatro patas, todo tiznado con hollín de la chimenea, y luciendo en cada pie de las trébedes un trapo mojado en aceite y encendido como una antorcha.

Todos rieron y celebraron mucho lo mortificado, vejado y rendido que quedó el diablo en aquella contienda.

Con esta representación diabólica terminó la función.

En la casa había cuartos de sobra para los señores, y todos fueron á acostarse, á su cuarto cada uno, á fin de levantarse temprano y ver amanecer en la Nava.

D. Faustino estaba tan embelesado de la fiesta del campo, de aquellas escenas primitivas y agrestes, y sobre todo de Rosita, que se creyó trasladado á la Edad de oro; se olvidó de sus ilustres progenitores de Mendozas, de la coya y hasta de María, y se tuvo por un pastor de Arcadia y tuvo á Rosita por su pastora.

Á la mañana siguiente salieron todos á caballo á recorrer la Nava, á ver los toros y á visitar el majuelo, donde los trabajadores terminaban ya la bina.

El Doctor iba al lado de Rosita, como encadenado por el amor y la gratitud. Rosita parecía una reina que mostraba su favorito á los demás vasallos. Parecía la reina de Cilicia, Epiaxa, pasando revista con el joven Ciro á los bárbaros y á los griegos, ó Catalina II presentando á Potemkin á toda su corte.

Por la tarde volvieron los señores al lugar. Los jornaleros, que habían ido de varada, volvieron también, y no quedó casa en que no se refiriese y comentase el triunfo de Rosita.

Por la noche se suprimió la tertulia de los tres dúos. Á la puerta de la casa del Escribano se despidieron todos.

—¡Adiós, hasta mañana!—dijo Rosita al Doctor.