—¡Adiós, bien mío!

—¿Me querrás siempre? ¿Estás contento de mí? ¿Eres dichoso?—añadió Rosita en voz baja.

D. Faustino le apretó la mano con efusión y contestó:

—Te adoro.

XVII.

MÁS PUEDEN CELOS QUE AMOR