El Doctor, de vuelta á su casa, fué á ver á su madre y le dió el gusto de estar de conversación y de cenar aquella noche con ella, de lo cual la tenía muy deseosa, por acudir á la tertulia de las Civiles.
Después de la cena, y retirada el ama Vicenta, que la servía, Doña Ana y su hijo hablaron de sus negocios, nada florecientes, y al cabo dijo Doña Ana:
—Mal estamos, hijo mío; pero te aseguro que hoy me arrepiento de que no te hayas ido á Madrid, y sueño con buscar medio de que te vayas, aunque sea empeñándonos más.
—¿Y por qué, madre mía, quiere V. ahora alejarme de sí?
—Voy á decírtelo claro, sin andar con rodeos, como una madre debe hablar á su hijo: porque tus relaciones con Rosita me traen sobresaltada.
—¿He de vivir como en un desierto, sin tener relaciones con nadie?
—Tienes razón. Yo debí pensar en eso, y, no ya detenerte, sino estimularte para que te fueses de este lugar. Aquí tenías que avillanarte por fuerza.
—Madre, esa palabra es muy dura. ¿En qué y por qué me he avillanado?
—Faustino, no creas que te culpo; casi te excuso. Conozco que no habías de vivir, en la flor de tu edad, como vive un anacoreta. Sólo un fervor de religión, que por desgracia no tienes, podría haber hecho tal milagro. Los hombres, ó por educación ó por naturaleza, carecéis del santo pudor; carecéis del estímulo de quien cifra en el recato la honra, que es lo que salva á las mujeres.
—Aun así, madre mía—dijo el Doctor,—no todas las hermanas de mis abuelos, cuando tuvieron hermanas, acabaron por meterse monjas, á fin de no emparentar con gente baja y deslustrar el brillo de nuestra familia. Algunas se casaron con arrieros enriquecidos, con labriegos dichosos y con afortunados contrabandistas. Parientes tenemos por este lado entre lo más ruín del lugar.