—Los jornaleros que han estado binando en la Nava—prosiguió la tremenda matrona rondeña,—vuelven contándolo todo según su estilo. Todo ha llegado á mis oídos como lo cuentan. La señorita Doña Rosa Gutiérrez te obsequia, te favorece, te regala, te encumbra hasta ella, te elige por su favorito, te luce como pudiera lucir un brinquillo, se muestra espléndida por tu causa, dando á todos para cenar cordero y vino generoso; en fin, aparece á los ojos de todos como reina ó emperatriz que saca de la nada á uno de sus vasallos, porque le ha caído en gracia.

Los que hayan vivido en una aldea y conozcan sus usos y costumbres, comprenderán el furor de Doña Ana, dado su carácter. La malicia de los campesinos es sin piedad; y cuantos habían visto á Don Faustino y á Rosita en la Nava habían vuelto explicando aquellos amores del modo que Doña Ana decía. Por el ama Vicenta y por otros criados sabía Doña Ana los comentarios lugareños, y estaba fuera de sí, herida en lo más sensible de su alma: en su orgullo aristocrático y en su amor de madre.

Consternado el Doctor, permanecía silencioso y con la cabeza baja.

—Créeme, hijo mío, es muy cruel para tu madre lo que está sucediendo—prosiguió Doña Ana.—Ya te consideran todos en el lugar como el amigo, el protegido de la hija del Escribano. Esta gente soez imagina que tú eres para Rosita algo parecido á lo que el vulgo de Madrid imaginaría de Godoy con relación á una gran señora. En que te tengan por tal han venido á parar todos nuestros sueños ambiciosos, todas nuestras ilusiones. Mira qué princesa te tiende la mano y te levanta á su altura. Mira qué emperatriz te da su privanza, gentil y valeroso caballero. ¿Fué para eso para lo que te concibió y te parió tu madre?

Jamás había visto el Doctor á aquella señora tan irritada y violenta. Quería el Doctor disculparse y hasta vindicarse; mas no acertaba á decir palabra. En medio de todo, Doña Ana no sospechaba siquiera que las relaciones entre Rosita y el Doctor estuviesen tan adelantadas. Amores tan por la posta no cabían en la cabeza de la severa hidalga. Temeroso Don Faustino, ó de tener que mentir, ó de tener que revelar algo que molestaría y afligiría más á Doña Ana, seguía callándose, en actitud humilde.

Más mitigada la furia con el silencio y la humildad que con la contradicción ó la apología que el Doctor hubiera podido hacer, continuó Doña Ana en tono menos acre:

—Ten valor, Faustino. Acuérdate de quién eres. Deja de ir todas las noches en casa de esas mozuelas. Ve apartándote poco á poco de su trato y familiaridad. No te digo que rompas de repente, porque no es justo ofender á nadie. El Escribano, además, es malo para enemigo. En un instante, si quisiera tomar venganza de tí, podría concitar á nuestros acreedores, ejecutarnos, hollarnos, perdernos. Pero si tú, sin faltar á la cortesía, pretextando enfermedad ú ocupaciones, vas dejando de ir á su casa, ni él ni sus hijas tendrán razón de quejarse. Su venganza se limitará á alguna burla tonta como la que hacen de mí. Dirán también de tí que eres brujo; que te tratas, como yo, con el Comendador Mendoza, con la coya Doña María y con otras almas en pena de nuestra familia.

—Madre—contestó al fin el Doctor,—nada puedo prometer á V. ahora; pero no dude que deseo complacerla. Por lo pronto sólo diré que no tengo yo la culpa de que los jornaleros y las comadres de este lugar interpreten mis acciones aviesamente. Baste saber que yo no he dado motivo para la censura acerba que V. ha formulado. Podrá haber habido imprudencia en mí; pero nada he hecho indigno de un caballero. Si el Escribano es rico y nosotros somos pobres, tampoco es culpa mía. ¿Cómo quiere V. que me enriquezca en este lugar? Por consejo y excitación de V. fuí á vistas de mi prima Costanza y salí desairado. No tema V. que, después de aquel escarmiento, vaya yo por mi iniciativa á buscar, ni en la hija del Escribano, ni aunque fuera en la hija de un rey, remedio ó alivio para la pobreza en que vivimos.

Doña Ana amaba con pasión á su hijo: empezó á sentir que había estado con él cruel en demasía; el recuerdo del desaire que por culpa suya había sufrido el Doctor de Doña Costancita le ablandó más el corazón; y dándose por satisfecha con lo que el Doctor acababa de decir, se levantó Doña Ana de su asiento, se echó en los brazos de su hijo y le dió muchos besos, vertiendo á la vez amargo llanto.

—¡Qué desgracia, hijo mío! ¡Qué desgracia! ¡Somos unos miserables: nos miran como á unos pordioseros!