El pobre Doctor consoló á su madre lo mejor que supo y pudo, aunque él también tenía harta necesidad de consuelo.
Á poco se retiró Doña Ana á descansar, y el Doctor descendió á sus habitaciones del piso bajo. Estaba agitadísimo y no quiso meterse en la cama.
Respetilla, según costumbre, acudió á desnudarle. Don Faustino le despidió y se quedó en el salón de los retratos.
Don Faustino no pudo ni estudiar, ni escribir, ni leer. Andaba á grandes pasos por la sala; meditaba y cavilaba con tal exaltación, que á menudo pronunciaba las palabras que acudían á su mente con las ideas, y accionaba y manoteaba como un loco.
—Tiene razón mi madre—decía,—tiene razón... y eso que no lo sabe todo. Me he comprometido neciamente. Es una embriaguez de los sentidos, una pasión vulgar la que me ha llevado á tal extremo. ¡Si yo la amara, si yo la estimara, aunque fuese hija de Satanás, y no ya del Escribano usurero!... Yo la sacaría del lugar, yo me casaría con ella, yo haría prodigios para elevarme y conquistar un nombre, una posición, á fin de que no se dijese que todo se lo debía. Pero ¿la amo acaso? ¿Es esto amor? La violencia de afectos, el delirio que sentí á su lado, ¿en qué se parece al amor verdadero? ¡Ah! Yo comprendo el verdadero amor, hasta le siento... pero sin objeto. Estoy condenado á llevar en el alma, en embrión, todas las excelencias y virtudes, todas las grandes pasiones, todos los nobles sentimientos, y no realizo más que lo bajo, lo pedestre, lo ínfimo, lo truhanesco, como si fuese el hermano menor de Respetilla. Mi Laura, mi Beatriz, mi Julieta, mi Isabel de Segura, ¿en quién se han convertido? Y, sin embargo, ella es mejor que yo. Yo soy un infame, un embustero, un ingrato. Por amor, sea como sea; por amor á su modo, pero ardiente, sincero, generoso, ella me ha mimado, me ha lisonjeado, me ha regalado, me ha rendido su voluntad, sin condiciones, sin promesas, con ciego abandono. Y yo, aunque la deseo aún, y aunque el recuerdo vivo de su ternura conmueve mi ser y le excita á nuevo deleite, me atrevo á menospreciarla, en virtud de no sé qué pasiones ideales que no realizaré nunca. Cuando miro el centro de mi alma, el abismo que tal vez el orgullo abrió allí, me finjo que soy grande como un Dios. Cuando miro mis actos y los resortes de mi voluntad, que á tales actos me inducen, se me antoja que soy más vil que un perro.
D. Faustino se echó en un sillón que estaba junto á un velador, en medio de la sala. Una sola bujía iluminaba aquel recinto.
Allí se entregó el Doctor á nuevas, tristes y profundas meditaciones.
Volvió á mirar en lo más hondo de su alma, y se encontró capaz de toda grandeza. ¿Por qué, pues, no hacía sino lo que pudiera hacer el más vulgar y bajo de los hombres? ¿Qué resorte le faltaba?
El Doctor discurrió entonces que le faltaba la dicha, que era víctima de una fatalidad. Esta fatalidad sólo con la fe podía romperse; pero el Doctor no poseía la fe sino á medias. Creía en sí mismo y no creía en nada exterior que le llamase, moviese y estimulase.
El mundo no le ofrecía los triunfos, los sublimes amores, la gloria pura, las victorias brillantes con que él había soñado y soñaba. El mundo hasta entonces no había hecho sino trocar algunas de sus ilusiones en desengaños, y hacerle pagar cualquier deleite efímero, cualquiera satisfacción de amor propio, con una humillación. El Doctor, por otra parte, al descender desde las alturas de sus ensueños, de sus esperanzas y quizás de sus ilusiones; al tratar de dar consistencia á todo aquello en el mundo real, sólo había logrado rebajarse á sus propios ojos, hallarse indigno de sí, desfigurar y manchar y afear el ídolo hermoso, el tipo de perfección que de sí mismo había creado en el seno de su conciencia, y al que pugnaba por acercarse y por identificarse.