Lleno del espíritu de nuestro siglo, comprendía que el destino, la misión del hombre, era realizar en esta vida todas las virtudes, potencias y facultades de su alma, contribuyendo así al humano progreso, poniendo su piedra en el monumento de la historia, y completando con su propio ser, activo, noble y generoso, la dignidad y magnificencia de las cosas creadas, entre las cuales y sobre las cuales debía descollar y resplandecer el espíritu, la inteligencia, el fuego divino, de que su cabeza y su corazón eran foco, templo y morada.
Si nada de esto podía hacer, ¿por qué no huía del mundo? ¿Por qué no se ocultaba en un desierto? En vez de ir á Madrid debía ir donde nadie le viese. Aquel hastío, aquel odio á la sociedad humana, que en otras épocas pobló los yermos y despobló las ciudades, ¿es quizás ahora un absurdo anacronismo?
El Doctor imaginaba que sí y que no; imaginaba que el hastío y el odio llenaban las almas de muchos hombres; que por momentos llenaban también la suya. Pero, ¿dónde estaba la fe, la creencia en un objeto fuera del alma y fuera del mundo, ante quien postrándose y humillándose, y con quien viniendo á unirse luego, se limpiara el alma de todo pecado, desechase toda bajeza y se levantase al fin á aquel grado de perfección á donde había aspirado en vano á llegar por sí sola? No; ni el alma del Doctor ni otras almas atormentadas como la suya, podían ya huir á la Tebaida y renovar los tiempos y los prodigios de los Pablos, Antonios, Pacomios é Hilariones. ¿Qué iban á adorar allí, como no fuese el espectro de su mismo ser, sublimado y endiosado por la orgullosa fantasía?
Para un tormento como el de su alma, se le figuraba á D. Faustino que no había más que un remedio: la muerte. Y, sin embargo, apenas pensaba en la muerte, todas las esperanzas, todas las ilusiones, todos los propósitos de su lozana juventud surgían como de un abismo, y se presentaban á sus ojos llenos de luz y belleza, y hacían llegar á sus oídos una encantadora armonía. Eran como el cántico de la resurrección que su semitocayo el Doctor Fausto creyó oir á los ángeles cuando iba á apurar la copa de veneno.
Además, el horror á la nada podía más en el ánimo del Doctor que el miedo de las penas eternas, si le hubiera tenido. Quería vivir, pero vivir de una vida grande, noble, poderosa, fecunda; de una vida que dejase en pos de sí un rastro luminoso é indeleble. El no ver hasta entonces el medio de lograr este deseo era lo que le atormentaba; pero la confianza en sus propias fuerzas y la risueña esperanza vivían aún en su corazón.
Se sentía con bríos para remover todos los obstáculos, para vencer todas las dificultades. Sólo un estímulo poderoso le faltaba. Sólo le faltaba un agente que pusiese en actividad aquellos bríos; un objeto que infundiese en su espíritu la fe, el amor, el entusiasmo suficientes. Costancita había sido una coqueta sin corazón; Rosita, aunque graciosa, discreta y apasionada, no podía adecuarse al ideal soberbio de sus aspiraciones; la amiga inmortal permanecía casi invisible.
¿Por qué no acudía en su auxilio la amiga inmortal, cumpliendo repetidas promesas? Fuese quien fuese por su material origen, por su posición entre los seres humanos en el momento presente, el Doctor comprendía que había en aquella mujer un espíritu igual al suyo, que era cuanto encarecimiento podía hacer de ella en su mente presuntuosa.
Mil extrañas ideas cruzaron entonces por el cerebro de D. Faustino. Mil deseos y propósitos se ofrecieron á su voluntad. Si hubiera creído en la posibilidad de pactar con el diablo, hubiérale dado cuanto hay que dar al diablo, á trueque de un ferviente amor, de un punto fijo y radiante, que fuese estrella polar en el mar tempestuoso de su vida, y al mismo tiempo centro poderosísimo de atracción que le agitase y encaminase.
Era tal el orgullo del Doctor, que uno de los irrebatibles argumentos que contra lo sobrenatural se le presentaban era la no intervención de nada sobrenatural en su vida. Si no merecía él que los poderes superiores buenos ó malos, que el principio de la luz ó el de las tinieblas, acudiesen á sus evocaciones y conjuros, le prestasen solícitos su apoyo, empleasen en él una providencia especialísima, ¿qué otro ser humano había de merecerlo? Quizá no existían tales poderes, cuando no se doblegaban á su voluntad ni á su llamamiento respondían.
Postración melancólica abatió al fin el ánimo de D. Faustino, tan exaltado hasta entonces. Se juzgó una de las más infelices y cuitadas criaturas que había sobre la tierra. Se alucinó hasta creer que la coya y las demás imágenes de sus progenitores ilustres le miraban compasivas. Lágrimas de despecho brotaron entonces de los ojos del Doctor y corrieron por sus mejillas. Aunque por lo común no estén bien las lágrimas en un rostro varonil, el dolor que á D. Faustino se las arrancaba era tan alto, aunque extraviado, que, sellando su rostro con expresión maravillosa, le hacía parecer bellísimo en aquel instante.