Eran más de las dos de la noche. El sombrío aspecto de aquel gran salón; el silencio profundo que en torno reinaba; la cercanía del cementerio; los retratos mismos, apenas iluminados entonces por una sola bujía; el recuerdo de la última aparición de la mujer misteriosa, todo convidaba á amarla, á desear aparición nueva.

Iba el Doctor á levantarse del sillón y á abrir la ventana, casi seguro de que María estaba junto á él, de que se hallaba parada, con lágrimas en los ojos, como la otra vez, de espaldas á la tapia del cementerio, cuando se abrió suavemente la puerta y volvió á cerrarse en seguida, dando entrada á un bulto negro, cuyos contornos y formas el Doctor no distinguía. Sin embargo, así como había presentido que su amiga inmortal estaba cerca, antes de que la viese, así reconoció que era ella, antes de verla y distinguirla por completo.

La persona que acababa de entrar traía en la mano una linternilla, que, vertiendo luz delante de sí, la dejaba en obscuridad ó sombra confusa; pero la persona colocó en seguida la linterna sobre la mesa donde estaban los búcaros y los vasos de china. Al volver luego la cara, D. Faustino, extático, absorto, reconoció á su amiga inmortal, más hermosa, más gallarda que nunca. Si su mejor concepto de poeta, si su más egregio pensamiento hubiera tomado cuerpo humano, no le hubiera parecido más bello.

La luz de la bujía, que estaba sobre el velador, dió de lleno en el rostro de la amiga inmortal y trajo con el reflejo sus facciones armoniosas y nobles á los ojos y al ánimo del Doctor, embelesado y mudo de espanto.

—Los celos son más poderosos que el amor—dijo María con voz dulcísima y triste.—Impulsada por ellos, lo he olvidado todo, lo he atropellado todo: he venido á verte. Aquí me tienes.

D. Faustino no pensó en el modo con que aquella mujer había llegado hasta allí. Poco le importaba que se hubiese filtrado, como un fantasma, por los espesos muros de su casa solariega; que el diablo, para que él no se quejase de que no le socorría, se la hubiese traído por el aire, ó que hubiese penetrado por un medio natural y sencillo. Lo que le importaba era tenerla allí, y sentir, al tenerla allí, una pasión que jamás había sentido en toda su plenitud; no una pasión incierta y vaga, cuyo valor no resistía al análisis ni al escalpelo de su espíritu crítico, sino el amor evidente, perfecto, irresistible, vencedor de las otras pasiones y digno de su alma.

—Aquí me tienes, Faustino—volvió á decir María.—Una fuerza superior á mi voluntad me trae á tí. Soy tuya. ¿No valgo más que... esa otra? ¿No lograré que me ames?

El rubor encendió el rostro de D. Faustino. Pensó en que todas las palabras de amor, todas las expresiones de ternura, todas las frases de afecto y hasta de adoración que pueden dirigirse á una mujer, habían sido profanadas en sus labios la noche antes. Nada respondió á María. Voló hacia ella y la estrechó frenético entre sus brazos.