XVIII.

PACTO AMOROSO

Los primeros albores empezaron á penetrar por las mil hendiduras que había en las viejas maderas de las ventanas de aquella habitación. El canto alegre con que los pajarillos celebraban la venida del día llegó á los oídos de D. Faustino y de su amada.

Movida de los celos, atropellando respetos morales y religiosos, roto el freno de la prudencia, con ímpetu irresistible de amor, de amor que rayaba en fanatismo y que la hacía creer que estaba enlazada al Doctor con vínculo eterno, María había caído entre sus brazos.

—No me detengas más—dijo desprendiéndose de ellos—; debo partir: no me sigas. Cumple el pacto que hemos hecho.

—Le cumpliré, por más que sea difícil cumplirle; pero ¿no me dirás la razón, el fundamento de ese misterio en que te envuelves?

—La razón del misterio es el misterio mismo, y no puedo revelarle. Antes quiero que de nuevo me prometas no seguirme; no pensar siquiera en explicarte cómo he llegado hasta aquí, y si te lo explicas, ocultártelo á tí mismo, si es posible. Por último, no quiero que hables á nadie de mí ni de nuestras ocultas entrevistas. ¿Me lo prometes?

—Te he dicho que sí, y no faltaré á mi palabra, contestó el Doctor.