[AL ÍNDICE]

XV.

LA TERTULIA DE LOS TRES DÚOS

Respetilla se apresuró á poner en conocimiento de Rosita que su amo iría aquella misma noche de tertulia á su casa. No podía dar á Rosita más agradable nueva.

Rosita, soltera, con más de veintiocho años, sin haber hallado nunca en el lugar hombre á quien sujetar su albedrío, dominando despóticamente en su casa, mil veces más libre y señora de su voluntad y de sus acciones que una reina no constitucional, no se aburría, porque su actividad y la energía de su carácter no eran para que se aburriese, pero se divertía poquísimo; asistía á la vida como quien asiste á la representación de un drama que le parece tonto y cuyos personajes no le interesan.

Era Rosita perfectamente proporcionada de cuerpo; ni alta ni baja, ni delgada ni gruesa. Su tez, bastante morena, era suave y finísima, y mostraba en las tersas mejillas vivo color de carmín. Sus labios, un poquito abultados, parecían hechos del más rojo coral; y cuando la risa los apartaba, lo cual ocurría á menudo, dejaban ver, en una boca algo grande, unas encías sanas y limpias y dos filas de dientes y muelas blancos, relucientes é iguales. Sombreaba un tanto el labio superior de Rosita un bozo sutil, y, como su cabello, negrísimo. Dos obscuros lunares, uno en la mejilla izquierda y otro en la barba, hacían el efecto de dos hermosas matas de bambú en un prado de flores.