Tenía Rosita la frente pequeña y recta, como la de la Venus de Milo, y la nariz de gran belleza plástica, aunque más bien fuerte que afilada. Las cejas, dibujadas lindamente, no eran ni muy claras ni muy espesas, y las pestañas, larguísimas, se doblaban hacia fuera, formando arcos graciosos. El conjunto de todo expresaba una mezcla de malicia, soberbia, imperio, alegría, ternura y deseo de amor, imposible de describir. Ojos negros y ardientes, lánguidos á veces, á veces activos y fulmíneos como dos ametralladoras, iluminaban aquella movible fisonomía.
Ramoncita, la otra hija del Escribano, era blanca, no tenía lunares, tenía la boca pequeña, era más alta que Rosita, y pasaba también por más guapa; pero ni en media docena de años revelaba Ramoncita, ni al alma ni á los sentidos, lo que Rosita en un momento. Rosita, sólo con mostrarse, daba idea de la gloria y del infierno; Ramoncita, del limbo.
Aunque Rosita tuvo tentación de adornarse un poco más que de costumbre para recibir á don Faustino, vencida la tentación por su orgullo, aguardó la llegada del nuevo visitante con el mismo traje de percal, con el mismo pañuelo de seda al cuello y con el mismo peinado que de costumbre. Ni siquiera renovó las rosas que tenía en el pelo desde por la mañana y que estaban marchitas. No hizo más que lo que hacía todas las noches antes de acudir á la tertulia; limpiarse los dientes, que ella cuidaba mucho, y lavarse las manos, que, por andar con las llaves de la despensa ó contando el dinero, ya para recibirle, ya para pagar á los trabajadores, requerían este cuidado en mujer tan pulcra. Conviene advertir, sin embargo, que ni las manos ni la cara de Rosita se echaban á perder fácilmente con las faenas caseras, con el aire del campo y de los corrales y con andar por las despensas y las bodegas. Rosita no era un ser delicado, era una hermosura de bronce.
El Doctor, acompañado de Respetilla, cumplió su palabra, y entró, poco después de las nueve de la noche, de tertulia en casa de las Civiles. Rosita, Ramoncita, la confidenta y acompañanta Jacintica, y el futuro médico, hijo del boticario, componían toda la reunión.
La conversación fué general durante diez ó doce minutos; pero languidecía cada vez más, por la visible propensión de D. Jerónimo, el hijo del boticario, á tener apartes con Ramoncita, y la no menos visible de Respetilla á entonar un dúo con Jacintica la viuda.
Esta propensión prevaleció al cabo; se apoderó de los ánimos de Rosita y del Doctor, y al cuarto de hora de estar el Doctor en la sala baja, alumbrada por un esplendoroso velón de Lucena, se habían ya formado insensiblemente tres grupos naturales. En un rincón estaban Ramoncita y don Jerónimo, charlando en voz baja; en otro rincón Respetilla y Jacintica, y en otro rincón, por último, se quedaron Rosita y D. Faustino, hablando con tanta confianza y de asuntos tan íntimos como si toda la vida se hubiesen tratado.
—Nada, Sr. D. Faustino,—decía Rosita,—conviene que cada cual se conforme con su suerte. Este lugar es un corral de vacas... convenido; pero... ¿dónde irá V. que más valga y menos gaste? Viviendo V. aquí tres ó cuatro años, si hay dos ó tres de buenas cosechas, podrá desempeñar su caudal y ponerse á flote. Ya desempeñado, y con el crédito de su ilustre apellido y de su mucho saber, tal vez no sea difícil que elijan á usted diputado. Así fuesen como Villabermeja los demás pueblos del distrito. Aquí manda mi padre, y, por consiguiente, mando yo. Si la ocasión se presentase y hubiese con quien contar en los otros pueblos, aquí volcaríamos el puchero en favor de usted. De este modo iría V. á Madrid como debe ir. Entre tanto, siga V. en sus estudios, escriba, medite, aumente sus conocimientos; pero no sea tan huraño. El arco no ha de estar siempre tendido. Bueno es que tenga el alma sus ratos de solaz y esparcimiento. Véngase V. por aquí, y charlaremos y seremos excelentes amigos. Yo no soy ninguna sabia, y sólo podré decir á V. cosas vulgares; pero tengo recto juicio y acertaré á dar á V. buenos consejos, y tengo además el genio tan alegre, que si logro no fastidiar á V., no hay término medio, he de lograr también disipar sus melancolías y ponerle regocijado, con el regocijo rústico y lugareño que por acá se estila.
—¿Cómo había yo de imaginar, querida Rosita—respondió D. Faustino,—que había de tener en usted una amiga tan buena? No llegaban á mis oídos sino las burlas que V. hacía de mí. Tenía miedo de presentarme á V. No debe V. tildarme de huraño.
—Es verdad—replicó Rosita,—estábamos mal informados. Nos estimábamos sin saberlo; y como no nos conocíamos, trocábamos en odio el afecto, y nos hacíamos la guerra. Ahora, que nos conocemos, se trocará el odio en amistad. ¿No es así?
—Por mi parte, yo no la odié á V. nunca. Ahora, que la conozco, la quiero mucho.