El Doctor cogió la mano de Rosita y la estrechó cariñosamente.

El diálogo entre el Doctor y Rosita prosiguió en el mismo tono afectuoso, prometiendo el Doctor acudir todas las noches á aquella tertulia de los tres dúos.

El Doctor estaba contentísimo de la franqueza, bondad y rapidez con que Rosita intimaba con él. Un recelo, no obstante, le atormentaba algo. ¿Pretendería Rosita que él fuese su novio, y cambiaría en mayor aborrecimiento la nueva amistad cuando en el pueblo se divulgase que él la visitaba, y Rosita se convenciese de que D. Faustino López de Mendoza no aspiraba á casarse con ella?

Movido por este recelo dijo el Doctor á Rosita:

—He dicho que vendré aquí todas las noches, sin reflexionarlo bien. Para mí no puede haber cosa de mayor gusto; pero ¿qué dirán en el lugar? ¿No comprometerán á V. mis visitas?

La hija del escribano soltó una carcajada, enseñando todos los blancos dientes de su fresca boca.

—No se apure V.—dijo,—que yo no tengo miedo de compromisos. Digan lo que quieran en el lugar, yo no temo perder mi colocación. Tengo veintiocho años cumplidos, y no me he casado porque no he querido ni quiero casarme. Soy libre como el aire y sé lo que me importa hacer, y hago lo que quiero. Á nadie tengo que dar cuenta de mi vida más que á mi padre, y mi padre no me la pide. ¡Bueno fuera que, siendo mayor de edad, reina y señora de mi casa, no pudiese yo tratar y hablar con quien me gusta!

El con quien me gusta fué acompañado de una mirada muy amorosa de aquellos ojos de fuego. Rosita, que era tan soberbia como apasionada, añadió después, deseosa de que el Doctor no temiese que ella aspiraba á casarse con él:

—¿Pues qué, no podremos V. y yo ser amigos, y charlar y reir y hacernos compañía en estas soledades, por miedo de que murmuren? ¿Con quién hemos de hablar, si no hablamos el uno con el otro? Las mujeres que como yo, llegan á los veintiocho años, pasan de la flor de la juventud á la edad madura, y no han querido casarse, ni han tenido novio, ni han tenido coqueteos siquiera, me parece que tienen derecho á que se las considere y respete. No faltaba más sino que yo no pudiese hablar con V. con frecuencia, á fin de evitar que dijese algún tonto que anhelaba yo enlazarme á la noble familia de los López de Mendoza.

—Y ser Condesa de las Esparragueras de la Atalaya,—dijo el Doctor riendo.