—Y no es mal título—respondió Rosita, poniéndose colorada de que el Doctor aludiese á su burla, pero recobrando al punto la serenidad:—además, que para titular no le faltan á V. tierras más productivas y de más bonito nombre. Y en todo caso, mi padre tiene la Nava, Camarena y el Calatraveño, que se prestan á ser títulos, como otras fincas de las mejores. Pero no pensemos en necedades. No titulemos ni contraigamos matrimonio. Seamos dos amigos leales que se quieren bien. Seamos Faustino y Rosita. Olvídese V. hasta de que soy una mujer. Yo lo tengo olvidado hace tiempo. Míreme V. bien: vestida de percal; despeinada casi; con estas rosas ajadas y marchitas—y se las arrancó de un tirón;—con esta facha de mayordomo, de aperador ó de ama de llaves. Vamos, ¿qué pretensiones he de tener yo con esta facha?—y Rosita se puso en pie, riendo, y dió una vuelta para que el Doctor mirase el descuido de su traje y su completa ausencia de adorno y coquetería. Luego prosiguió:

—Varias veces hemos hablado de V. Respetilla y yo, y hemos decidido que V. es un penitente del diablo. En esto nos parecemos. Yo soy una penitente por el mismo estilo. Salvo que no soy tan seria. Yo me río como una loca, hasta de mi penitencia.

En efecto, el Doctor miró detenidamente á Rosita, y vió que tenía razón. No había en ella el más ligero asomo de coquetería ó de estudio, ni en el vestido ni en el peinado. No había más que la salud y el aseo. Parecía, como ya se ha dicho, una estatua de bruñido bronce. La intemperie no había ajado ni sus manos ni su cara, que tenían algo de la pátina que da el sol de Andalucía á las columnas y á otros monumentos artísticos. Su cuerpo, sin corsé ni miriñaque, se dibujaba bajo los pliegues del percal, tan gallardo y airoso como el de Diana cazadora.

—Todo cuanto ha dicho V.—contestó el Doctor,—me parece la discreción misma. Sólo hay un mandato, pues sus insinuaciones son mandatos para mí, que creo que no podré cumplir.

—¿Y cuál es ese mandato?

—Que me olvide de que es V. mujer. Ese es un mandato imposible. Es V. mujer, y mujer muy bonita, y V. misma lo siente y lo sabe.

Las rosas marchitas que Rosita había arrancado de sus cabellos y tirado al suelo, estaban entre las manos del Doctor.

—Estas rosas—dijo,—más bien que de haber sido cortadas, se han marchitado de envidia de esa cara tan graciosa. Yo las he de guardar como recuerdo.

—¡Qué bobería!—dijo Rosita.—¿Para qué ese recuerdo? ¿No vamos á vernos diariamente?

—Sí; pero ¿y de día? ¿Y cuando no nos veamos?