—Dé V. acá esas cosas—dijo Rosita; y se las arrancó al Doctor de entre las manos y las echó muy lejos de sí.—Para recuerdo, ya que V. necesita recuerdo á fin de no olvidarme, yo le daré otro mil veces mejor.

Abriendo, al decir estas palabras, un poco el pañolito de seda que tenía sobre el pecho, metió la mano Rosita y sacó un escapulario de la Virgen del Carmen que llevaba pendiente y oculto en aquel sitio.

—Tome V. este escapulario y guárdelo como recuerdo mío. Está bordado por mí y bendito por el señor Obispo. Bese V.

Y le puso el escapulario en la boca para que le besase.

El Doctor le besó con la mayor devoción, notando que conservaba aún el grato calor de quien se le daba.

En estos coloquios se pasó el tiempo hasta que dieron las once.

Jacinta, auxiliada por Respetilla, sirvió entonces la cena á los cuatro señoritos, echando los manteles sobre una mesa que había en medio de la sala, y trayendo cubiertos, vasos y una limeta de vino añejo. La cena consistía en un plato de lomo de cerdo, conservado en manteca y bien aliñado, y en otro plato de espárragos trigueros en salsa, con huevos estrellados encima. De postres, higos, pasas, peros y arrope.

En la cena reinó la mayor alegría; la conversación volvió á ser general; la limeta, que era de cristal y triple que una botella ordinaria, se fué quedando vacía; y ya cuando los señoritos estaban en los postres, Jacintica y Respetilla se sentaron patriarcalmente en la misma mesa y dieron fin de cuanto había quedado.

Á poco volvió de arrullar á su tórtola el Escribano y rico propietario D. Juan Crisóstomo Gutiérrez; y alegrándose mucho de ver á sus hijas en tan buena compañía, hizo mil cumplimientos al Doctor Faustino.

Á las doce terminó la tertulia, y se retiró el Doctor á su casa, seguido de Respetilla, su escudero.