Durante seis noches más siguió el Doctor acudiendo á la casa, cenando con las hijas del Escribano, y formando con Rosita uno de los tres dúos en que la tertulia estaba dividida.

En la séptima noche, nos permitiremos oir parte del coloquio entre Rosita y D. Faustino. Poco antes de las once, hora de la cena, hablaban ambos de este modo en un rincón de la sala:

—Ya que te empeñas, te tutearé—decía Rosita:—pero soy tan distraída, que temo que he de tutearte en público. ¿Qué dirá entonces la gente? Vaya, que digan lo que digan. Yo te tuteo..... ¿Y el escapulario, le llevas siempre?

—Aquí le llevo—contestó el Doctor,—sobre el pecho, por debajo de toda la ropa.

—¿Me quieres mucho?

—Con toda el alma.

—Mira, Faustino, querámonos así; pero no nos preguntemos cómo nos queremos. Hay un encanto en quererse sin saber cómo, que se desharía si nos obstinásemos en definir este afecto. ¿Es amistad? ¿Es amor? ¿Qué es?

—Es todo. Es algo de indefinible y poético—contestó D. Faustino.—Ignoro cómo te quiero, pero sé que te quiero.

—Pues abandonémonos á ese sentimiento indefinible, sin averiguar lo que sea en lo presente—dijo Rosita,—sin preveer á dónde nos lleva en lo porvenir. ¿No hemos convenido en que somos dos ermitaños, aunque algo diabólicos; dos penitentes de extraña condición? Pues bien: yo he oído contar de otros dos penitentes que se encontraron una vez en un frondoso bosque, desierto y florido, por donde corría un río de claras ondas. Atada á la margen estaba una ligera y frágil barquilla. Los ermitaños tuvieron el valor de embarcarse, de desatar la barquilla y de abandonarse á la corriente, sin saber á dónde los llevaba.—¿Sabes á dónde fueron?

—¿Pues no lo he de saber?—respondió el Doctor.—Fueron al Paraíso terrenal. El querubín que le guarda con una espada de fuego, ó estaba dormido ó los quería bien, y no se opuso á su entrada, y entraron, y se regalaron allí como unos bienaventurados que eran.