—Veo que sabes la historia lo mismo que yo.
—Y dime, Rosita, ¿por qué no hemos de tener igual valor y confianza que los otros ermitaños? ¿Por qué no nos hemos de embarcar en la barquilla y dejarnos llevar de la corriente?
—Allá veremos—replicó Rosita.—Eso es para pensado. Por lo pronto no estamos mal. Nos hallamos en el bosque frondoso, en el florido desierto, á orillas del río de ondas claras. ¿No es ya bastante regalo? ¿No te contentas? Anda, ermitaño insaciable, ten calma. Oye cantar los pajaritos en el bosque, contempla las florecillas, sueña arrobado mirando cómo va corriendo el agua con manso murmullo, coge alguna campanilla ó violeta de las que brotan á la orilla del río, y no pienses aún en lanzarte á la navegación, ni pidas Paraíso, como quien no pide nada. Pues qué, ¿vale tan poco lo presente? El Paraíso mismo, ¿no tiene precio, para querer llegar á él sin más ni más? Y el querubín, ¿no podrá oponerse á que entremos?
—No hay más querubín que tú. Tú eres á la vez ermitaño, querubín y Paraíso.
Á este punto llegaban, cuando Jacintica los interrumpió, llamándolos á la cena, que estaba ya dispuesta. La conversación tuvo que hacerse general. Aquella noche fué más animada que nunca. Jacintica y Respetilla se sentaron á la mesa sin ceremonia, poco después de los señoritos. Hubo gran tiroteo de chistes y de bolitas de pan. Respetilla, que tenía mil habilidades, lució algunas de ellas: cantó como el gallo, ladró como el perro, maulló como el gato, zumbó como la abeja y la mosca, rebuznó como el burro, é imitó los brincos y movimientos de la rana y del mono. Jacintica, que remedaba muy bien á las personas, puso en caricatura á varias de las más conocidas en el lugar. Hasta D. Jerónimo, aunque era formalísimo, se salió algo de quicio, y procuró contar dos ó tres cuentos; pero todos eran sabidos, y, como por allá se dice, se los espachurraron con alboroto y risa. Rosita, por último, viendo á todos tan amenos y alegres, y considerando que estaban en el mes de Mayo, propuso una expedición á la magnífica casería que tenía su padre en la Nava.
Los tertulianos aprobaron y aplaudieron con frenesí.
—Iremos mañana mismo,—dijo Rosita.—Estas cosas, si se retardan, no se hacen. Saldremos de aquí á las tres. Á las tres de la tarde, todos á caballo, á mulo ó á burro, en la puerta de casa.
—No faltaremos,—contestó el Doctor.
—No faltaremos,—repitieron los otros.
Cuando llegó, á poco, el Escribano, Rosita le dió parte del proyecto, y el Escribano le aprobó.