—Claro está, papá—añadió Rosita,—que tú vendrás acompañándonos.
—Pues ¿cómo había de ser de otra suerte?—dijo D. Juan Crisóstomo.
—Iremos—prosiguió Rosita,—todos los que estamos aquí, y además, papá me permitirá que yo convide á una amiga mía.
—Haz como quieras.
—Pues, entonces convidaré á Elvirita, y seremos ocho. Buen número, ¿no es verdad?
—¡Buen número!—exclamó Respetilla.—No hay más que pedir. ¿Qué mejor apaño?
Con estas profundas y filosóficas exclamaciones de Respetilla terminó cuanto de importante se dijo aquella noche en la tertulia de los tres dúos, y los tertulianos se separaron hasta el día siguiente.