—Tampoco.
—Y ¿por qué te niegas á casarte conmigo? ¿Por qué dices que nunca?
María estuvo un instante suspensa, silenciosa y como meditando. Luego dijo:
—La sinceridad y el fervor con que me hablas me inducen á proponerte una cláusula más en nuestro pacto amoroso. Me has preguntado si me casaré contigo, y he contestado: «Nunca». Retiro el nunca. Yo estoy tan cierta de que siempre te amaré, que te prometo ahora solemnemente que, si pasada tu mocedad y realizados ó deshechos tus sueños ambiciosos, eres libre, me amas aún, me buscas y vivo, seré tu esposa. Antes no es posible... Tú no te comprometes á nada. Sola yo me comprometo.
—Pues yo te juro que me casaré contigo cuando quieras.
—No jures. No acepto tu juramento. Dios no le aceptará tampoco y le tendrá por vano. Adiós.
D. Faustino estrechó de nuevo entre sus brazos á la mujer querida. Ella logró al cabo desprenderse de aquellas amorosas cadenas, corrió hacia la puerta y desapareció sin que el Doctor se atreviese á seguirla.
María había prometido volver á la noche siguiente.