XIX.

LOS MILAGROS DEL DESPRECIO

Ya no vacilaba ni dudaba D. Faustino. Su alegría era grande. Sentía verdadero amor. Creía haber puesto en actividad el enérgico resorte que antes faltaba á su alma, y se juzgaba capaz de acometer todas las empresas y de abrirse camino al través de todos los peligros y dificultades.

Sólo un escrúpulo de conciencia, casi un remordimiento, le atormentaba.

Era cierto que nada había prometido á Rosita; que ningún juramento le había hecho; que ninguna palabra le había dado. Pero esto mismo ilustraba y ensalzaba más la generosa confianza de la hija del Escribano.

D. Faustino estaba decidido á no volver á verla; á sacrificarla á María, á quien amaba con pasión, á quien pensaba amar siempre, aunque llegase á saber que era la hija del verdugo; pero no podía menos de lamentar el inmerecido desdén, el cruelísimo abandono de que iba á ser víctima Rosita. Su resolución de no volver á visitarla era, no obstante, inquebrantable.

Llegó aquel día la hora de la tertulia de los tres dúos, y Respetilla fué solo. Rosita lo extrañó mucho y estuvo triste. Respetilla remedió el mal por su cuenta, asegurando con un aplomo envidiable que D. Faustino estaba enfermo, en cama. El disgusto de Rosita pasó entonces, de ser algo colérico, á ser tierno y piadoso.

Durante cuatro días tuvo Respetilla la habilidad de seguir entreteniendo á Rosita con la ficción de que D. Faustino estaba enfermo. Rosita le enviaba con Respetilla los más cariñosos recados. Respetilla fingía, de parte de su amo, otros recados no menos cariñosos.