CONTINÚAN LOS MILAGROS.

Eran las once de la noche cuando el Doctor bajó de la estancia de su madre y entró en el salón de los retratos. Como había dado licencia á Respetilla para que no viniese á desnudarle, le creía aún en la tertulia de las Civiles, que terminaba á las doce. La amiga inmortal debía llegar á las once y media. El Doctor solía luego encerrarse con llave. Tenía además prohibido á Respetilla que entrase en su cuarto, como él no le llamara. En suma, estaban tomadas todas las precauciones, ó al menos así lo creía el Doctor. El triste no sabía lo que se preparaba. Rosita estaba ya escondida detrás de una cortina, que cubría la puerta que desde el salón de los retratos iba al dormitorio.

Cuando vió entrar al Doctor, bueno, sano, alegre y recitando unos versos de Zorrilla, que decían:

Si eres recuerdo, endulzarás mi vida;
Si eres remordimiento, te ahogaré,

le dió rabia de no hallarle enfermo y triste, y tuvo, no se sabe cómo, el desesperado pensamiento de que el recuerdo era el de su amor y de que el remordimiento que anhelaba ahogar era ella.

Rosita continuó, pues, en acecho, esperando, ó mejor dicho, temiendo la aparición de su rival. Ya pensaba que esta rival sería alguna criada de la casa, alguna fregona; ya imaginaba que el doctor podría tener su poco de brujo, y esto le infundía cierto terror de verse frente á frente con espectros, y de figurar en escenas del otro mundo, entre hechiceras, magas ó almas en pena; pero su ira era tan grande y sus bríos tan varoniles, que estaba resuelta á vengarse del mismo demonio, si venía con faldas y en forma de mujer á tener pláticas tiernas con D. Faustino.

Hasta sentía Rosita haberse venido desprovista de un par de pistolas ó de un puñal siquiera, por lo que pudiese ocurrir. Mucho confiaba, no obstante, en su lengua y en sus manos.

El Doctor, según costumbre, puso la bujía sobre el velador, se arrellanó en el sillón y siguió recitando versos en voz, aunque sumisa, clara:

—Yo no sé de tu esencia el misterio,
Tu nombre y tu vago destino no sé,
Ni cuál es tu ignorado hemisferio,
Ni á dónde perdido siguiéndote iré.
¡Oh! si gozas de voz y de vida,
tienes un cuerpo palpable y real,
Deja al menos, fantasma querida,
Que goce un instante tu vida inmortal.