Los versos hicieron el efecto de una evocación.
La puerta se abrió sin ruido. El bulto negro apareció en la sala. Una voz argentina contestó á los versos que el Doctor decía, con estos otros versos:
—Tras de tí por las sombras camino,
Ni noche ni día descanso sin tí:
Ser tu esclava, adorarte es mi sino;
Ya postrada me tienes aquí.
María cayó de rodillas á los pies del Doctor. Éste la levantó entre sus brazos, dándole mil besos en la frente y en las mejillas sonrosadas y hermosas.
Rosita no supo contenerse por más tiempo. Casi creía aún que el ser á quien D. Faustino abrazaba y besaba tenía algo de sobrenatural y de diabólico; pero su forma era de mujer, y la tempestad de los celos hizo á Rosita superior á todo miedo supersticioso.
Salió de su escondite, se arrojó sobre ellos como un tigre, los separó, y encarándose con D. Faustino, que atónito y estupefacto la miraba,
—Malvado—le dijo,—¿Así pagas mi amor? ¿Por qué me has engañado vilmente? ¿Por qué no guardaste para este demonio todas las dulces mentiras, todas las emponzoñadas ternuras con que me lisonjeabas y cegabas? Y tú, maldita de Dios, ¿de qué aquelarre vienes? ¿Dónde dejaste la escoba? ¿De qué lupanar te has escapado?
Antes de que D. Faustino se repusiese del asombro; antes de que nadie la respondiese, tomó Rosita la luz, y llevándola hacia la cara de María, se quedó contemplándola de hito en hito, devorándola con ojos que arrojaban fuego y rayos de ira. De súbito soltó Rosita una carcajada sarcástica. Su memoria, iluminada por el odio, le había sido fiel. Acababa de reconocer á María, á quien desde muy pequeña no había visto.
—¡Ah! Ya te conozco, infame; ya te conozco, digna manceba de este perro judío, hereje, asesino. Tú eres María la seca. ¿Dónde has estado desde que tu abominable madre bajó al infierno? ¿Y al ladrón de tu padre no le dieron todavía garrote?
Dicho esto, y sin dejar tiempo para que nadie la respondiese, Rosita volvió á poner la bujía en el velador y se lanzó sobre María, como para despedazarla entre sus uñas.