María estaba muda, inmóvil, serena, aunque triste, como estatua alegórica del dolor resignado llena de cierta soberbia y reposada majestad.
Rosita la hubiera, sin duda, herido el rostro con sus manos y arrancado los cabellos, si el Doctor no hubiese acudido á tiempo, cogiéndola de un brazo y separándola con violencia del lado de su rival.
¿Quién te ha traído aquí?—dijo el Doctor.—¿Cómo has entrado? Ahora mismo te voy á echar á la calle. No chilles, no alborotes, ó te pondré una mordaza.
Rosita dió un grito agudo.
—Cállate—dijo el Doctor,—cállate ó te ahogo.
—No quiero callarme, traidor. No quiero callarme. Como eres un hidalgo de gotera, un danzante sin oficio ni beneficio, un tramposo con más deudas que vergüenza, has elegido la querida más apropósito para tí. Anda, vete con ella; alístate de bandido en la cuadrilla de su padre. El Conde de las Esparragueras es el yerno pintiparado de Joselito el Seco.
D. Faustino se armó de la paciencia de Job para no pisotear allí aquella víbora. Sin responderle palabra, pero sin soltarla del brazo, de que la tenía asida fuertemente, la llevó medio arrastrando hacia el cuarto de Respetilla.
Deseaba el Doctor llamar á su criado sin alborotar la casa y sin dejar suelta á Rosita con María, á quien hubiera sido capaz de asesinar. Bien calculaba que era Respetilla quien le había traído aquel presente, y que, por lo tanto, Respetilla estaba en casa.
En efecto, apenas llegó á la puerta del cuarto de su criado y le llamó dos ó tres veces, Respetilla apareció, seguido de Jacintica, que proseguía con él la tertulia en la otra casa comenzada.
Ambos habían dado por cierto que habían proporcionado á sus amos una gran ventura, y los suponían ejecutando la segunda parte del Paraíso terrenal. Cuando de tan diferente modo los vieron, se llenaron de espanto.