El Doctor tenía encendidos los ojos como brasas, el rostro pálido, trastornadas las facciones. Con la mano que le quedaba libre asió á Respetilla de una oreja, y tirando de él, exclamó:
—No sé cómo no te mato. ¿Por qué has traído á mi casa á esta furia del averno? Vamos, pronto, abre la puerta de la calle, y llévatela de nuevo sin hacer ruido.
Respetilla obedeció; Jacintica fué en pos de Respetilla, y el Doctor, detrás de ambos, con Rosita, asida siempre del brazo.
Ya en el zaguán, y antes de que Respetilla abriese la puerta, dijo Rosita al Doctor:
—Suéltame el brazo, cruel. ¡Me le destrozas, me le rompes! ¿Qué te hice yo para que así me trates? ¿No te he amado? ¿No me he rendido á tu voluntad sin condiciones? ¿Quién más humilde, más mansa, más enamorada que yo? ¿Por qué me dejas por esa hija del bandido? Abandónala, échala á ella, y yo seré tu esclava, besaré la tierra que pisas. Todo te lo perdonaré. ¡Perdóname! ¡Ámame!
—Imposible—respondió el Doctor.—Ni te amo, ni te amaré nunca. Vete. Apártate de mi vista.
Aquel último arranque de ternura se trocó en más cruda saña con el nuevo desprecio. Rosita se revolvió contra el Doctor como un escorpión pisado.
—Villano—dijo,—te acordarás de mí; me vengaré de un modo sangriento. Te he de reducir á la miseria. He de lograr que achicharren en una hoguera á la bruja de tu madre.
D. Faustino no acertó á tener calma: perdió la paciencia y alzó la mano para dar una bofetada á Rosita. Por fortuna se contuvo á tiempo.
—¡Cobarde! ¡Con una mujer te atreves!