—No, tú no eres una mujer—respondió el Doctor: tú eres una arpía.

Aun no había acabado de pronunciar estas palabras, cuando Rosita se arrojó sobre él y con la mano que le quedaba libre le clavó las uñas en el rostro, bañándosele en sangre.

Lo que antes quedó en amago, tuvo que terminarse entonces. Rosita sintió en la mejilla los cinco dedos del Doctor, si bien más trémulos que violentos.

—Mátale, Respetilla; véngame, mátale. Tú eres más fuerte. Tú puedes más que él. Son las doce de la noche. Te doy dos mil duros si le matas. Te doy tres mil duros y un caballo para que huyas á Gibraltar, y desde allí á América. ¡No seas mandria! Mátale; y te harto de oro.

Respetilla, sin responder, abrió la puerta y echó á Jacintica á la calle. Luego volvió por Rosita y tomándola de manos del Doctor, se la llevó en volandas.

El Doctor cerró la puerta de la calle, y volvió en busca de su inmortal amiga.

No la halló en el salón. Recorrió los otros cuartos, y no la halló tampoco.

Sobre la mesa donde el Doctor escribía vió por último un papel, en el cual María había escrito lo siguiente:

«Motivos muy poderosos me obligan á alejarme de tí. Adiós, quizás para siempre.»

—¡Oh, no te irás!—dijo el Doctor.—Yo rompo el pacto que hice. No dejaré que te vayas. Sabré detenerte.