Bien había calculado por dónde había entrado María. Sin vacilar, corrió con la luz á un patio interior, donde estaba hacinada la leña. Uno de los lados del patio estaba formado por el muro del castillo. En el muro había una puerta que con el castillo comunicaba.

El Doctor dió un empujón á la puerta, pero no cedió. Estaba cerrada con llave. La llave que había en la casa, ó se había perdido, ó era la llave de que sin duda se servía María. No quedaba más recurso que echar la puerta abajo.

D. Faustino agarró un hacha de leñador, y dió tres ó cuatro golpes furiosos. La puerta, de madera vieja y apolillada, vino á tierra en seguida.

Con la bujía en una mano y el hacha en la otra penetró entonces el Doctor por los pasadizos obscuros, bajo las bóvedas ruinosas y por las antiguas salas de armas, llenas de escombros.

Ignorante, ó más bien olvidado, de aquel laberinto (aunque no pocas veces le había visitado en otro tiempo por curiosidad), tropezó en una gruesa piedra que halló á su paso, y para sostenerse y no caer soltó maquinalmente el candelero que llevaba en la mano. La luz se apagó, y D. Faustino quedó en las tinieblas más completas, sin saber hacia qué lado encaminarse á fin de encontrar salida ó volver á su casa á encender de nuevo.

XXI.