POR SEGUIR Á UNA MUJER

Aunque el Doctor logró recoger á tientas el candelero, de nada le servía, sino de estorbo, con la luz apagada. En balde iba buscando salida palpando las paredes. No había en aquel obscuro recinto ventana ni hueco por donde entrase la luz de la luna, que, si bien en su cuarto menguante, iluminaba los cielos en aquella noche de primavera.

Un vientecillo fresco susurraba, meciendo las copas de los árboles y doblando la hierba; pero el susurro, oído desde el lugar donde el Doctor se hallaba, tenía más de medroso que de apacible y grato. Penetrando el aire por los pasadizos y aberturas, por donde el Doctor quisiera salir, gemía encarcelado en la lobreguez de aquellas ruinas, produciendo mil ecos tenues y mil tristes y fantásticos rumores. No menos desagradable ruido hacían las ratas que allí abundaban y que corrían alborotadas con el extraño y no esperado huésped que había venido á visitar sus dominios.

Á pesar de todas sus filosofías, el Doctor pensó que no estaba muy bien demostrado que no hubiese diablos ó duendes, ú otros monstruos y seres sobrenaturales, y tuvo algún miedo de ellos. Sin embargo, la rabia de verse burlado y encerrado en aquella á modo de mazmorra, sin poder salir, pesó más en su ánimo que la hipotética y vaga aprensión de que hubiese diablos y anduviesen cerca. El Doctor, dando forma á su pensamiento en resonantes palabras, lanzó, Dios se lo haya perdonado, dos ó tres blasfemias espantosas. Como si con su voz le atrajera, sintió entonces cerca de sí los pasos de un ser de mucha mayor corpulencia que las ratas. Nada se veía en realidad, pero de los ojos del Doctor brotaban unos círculos luminosos que se dilataban en el espacio y llenaban las tinieblas, ensanchándose cada vez más, como los círculos de una fantasmagoría. Dentro de aquellos círculos, rojos á veces, á veces entre verdes y amarillos, ora se mostraba Joselito el Seco, con corbatín de hierro y sacando un palmo de lengua; ora un espectro de mujer, que ya se parecía á María, ya á la coya, ya tenía de ambas; ora otras figuras como las que se pintan en los cuadros de las tentaciones de San Antonio. No se acobardó por eso el Doctor; antes bien, como para desafiarlo todo, blasfemó de nuevo en voz alta.

No bien salió de sus labios la reiterada blasfemia, aquel ser que había sentido cerca de sí, se le echó encima. Parecióle al Doctor que le enlazaban unos brazos deformes, forzudos, aunque descarnados como los de la momia de un gigante, y sintió en su cara el contacto de un rostro peludo. El efecto que esto le produjo fué horrible. Casi maquinalmente, pues no tuvo fuerzas ni serenidad para reflexionar, dió un empellón al monstruo; pero el monstruo, rechazado por un instante, volvió sobre el Doctor, y le aplicó un inmundo y frío beso, pasando por su mejilla el hirsuto y húmedo hocico.

Confesemos que el lance era para asustar á cualquiera. El viento gemía, zumbaba, murmuraba, remedando mil voces, cantos, suspiros, sollozos y hasta palabras de un mágico y desconocido idioma, y un ser repugnante y maravilloso abrazaba y besaba á D. Faustino.

D. Faustino se dió á creer, á despecho de su ciencia, que se las había con el mismo diablo. Ya vacilaba entre si debía esgrimir el hacha para vencer al monstruo ó hacer la señal de la cruz para ahuyentarle, cuando éste exhaló un aullido lastimero, que nada tenía de humano.

El Doctor se echó á reir y dijo, algo confuso y vergonzoso:

—¡Hola, Faón! ¿Tú por aquí?... ¡Qué demonio de Faón!

Era el más hermoso y grande de sus podencos, que, lleno de buen deseo, circunspección y prudencia, le había seguido silencioso á fin de no espantar la caza, y sin recelar que espantara á su amo.