El Doctor pasó la mano por el lomo de Faón, y se cercioró bien de que no era otro quien había acudido á sus blasfemias. Confiando en la clara inteligencia canina del amante de Safo, esperó que le sacase de aquella obscuridad; y para servirse de él como de lazarillo, le ató el pañuelo al pescuezo, guardando en la mano uno de los picos.

El podenco entendió, con admirable instinto, que le convenía guiar; pero no sabía á dónde. Echó á andar, no obstante, y el Doctor le siguió.

Pronto llegaron á un punto en que percibió el Doctor que Faón subía. Luego tropezó con el primer escalón de una escalera, y subió por ella en pos de su perro. Á poco vió el Doctor la luz de la luna, sintió vientecillo fresco en la cara y se encontró en el adarve, no lejos de la albacara ó torre saliente que comunica con la iglesia por medio del arco-pasadizo.

Por desgracia, no había medio de penetrar en la albacara desde el adarve. No había puerta por allí, y por los angostos tragaluces no cabía ningún cuerpo humano, por escuálido que estuviese.

El Doctor dió en el suelo con el pie en señal de impaciencia y cólera. Faón se puso en marcha de nuevo; bajó por la misma escalera por donde había subido, llevando en pos á su amo, y sacándole de aquella obscuridad, le condujo á un patio interior del castillo, todo cubierto de larga hierba. Aunque el Doctor no era observador muy experto de las cosas naturales, no pudo menos de notar sobre la misma hierba, ajada y pisada, las huellas recientes de unos pies humanos, ligeros y pequeñitos. No se había engañado. María había pasado por allí.

Conoció Faón en el ademán de su amo que estaba contento y que era á María á quien buscaba, y, dando un ladrido alegre, apretó el paso, siguiéndole el Doctor.

Entraron en un corredor, llegaron á otra escalera, la subieron y se hallaron en el segundo piso de la albacara. En uno de los lados del cuadro que aquella estancia formaba, se abría en el muro el pasadizo del arco que une el castillo con la iglesia.

Don Faustino y Faón atravesaron por el hueco del arco, bajaron por otra escalerilla, y se hallaron al fin en el coro de la hermosa iglesia de Villabermeja, silenciosa y sombría entonces, aunque tres lámparas ardían en su seno: una delante del altar mayor, y otras dos delante de los camarines donde estaban el Santo Patrono y Jesús Nazareno.

Desde el coro hasta la iglesia pudo bajar el Doctor, sin ningún estorbo, por escalera harto conocida y trillada.

Ya en la iglesia misma, se dirigió á la puerta de la sacristía. El Doctor estaba seguro de que María se había ido por allí. Aunque no hubiese estado seguro de ello, los signos que daba Faón de no haber perdido la huella le hubieran corroborado en su pensamiento.