El disgusto del Doctor fué grandísimo al hallar la puerta de la sacristía cerrada con llave. Aquella puerta no era tan fácil de derribar como la otra. Estaba formada de espesos tablones de nogal y podía resistir sin romperse un diluvio de hachazos.
La violencia era inútil; mas, aunque no lo hubiese sido, tal vez no se hubiera atrevido el Doctor á emplearla.
La puerta de la sacristía estaba al lado del magnífico retablo churrigueresco de los López de Mendoza, en cuyo camarín habitaba nuestro Padre Jesús. Bajo el piso de grandes losas, que el Doctor hollaba, estaba la bóveda sepulcral con los restos de sus ascendientes. Cada paso que daba el Doctor sonaba sobre lo hueco, y era repetido por las naves del templo solitario, cuyos muros repercutían cualquier ruido. La escasa luz que entraba por las claraboyas de la cúpula ó que difundían las lámparas, deteniéndose y reflejándose en los altos pilares, poblaba de vagarosas sombras todo el recinto, que ya se deshacían, ya se agrandaban, ya volvían á desvanecerse, conforme oscilaban las lámparas, levemente tocadas por un soplo de aire, ó el mustio resplandor de la luna se amortiguaba un poco antes de entrar por las claraboyas, merced al paso é interposición de alguna nube. Todo esto infundía cierto respeto semi-religioso en el espíritu descreído del Doctor.
No obstante, llamó á la puerta con el hacha, sin tocar de filo. Nadie respondió. Llamó más fuerte, y tampoco. Acabó por perder la paciencia: por golpear con todo su brío. Cada golpe, duplicado, triplicado, quintuplicado por los ecos, parecía un trueno prolongado. Se diría que Dios llamaba á juicio á los frailes dominicos y á los Mendozas todos, que en sendas criptas estaban enterrados allí; pero ni por esas respondió persona viva.
Acercando la boca á la cerradura, gritó varias veces el Doctor:
—¡Padre Piñón! ¡Padre Piñón! ¡Padre Piñón! ¿Es V. sordo?
El padre Piñón estaba sordo en efecto. Los gritos del Doctor fueron inútiles. No le contestaron.
Una idea súbita atravesó la mente de D. Faustito. Se figuró que había tomado una resolución precipitada y absurda en venir por allí. Temió que mientras se hartaba de golpear y de gritar en vano, María se escapaba por la puerta de la casa del padre Piñón, que daba á la calle.
No bien se le ocurrió esto, el Doctor corrió como un loco hacia el coro, y pasó, seguido ya del podenco, por los mismos sitios por donde había venido, hasta que llegó al patio del castillo. Allí tomó de nuevo al podenco por guía, y el podenco le condujo á la entrada de su casa.
Respetilla, que había vuelto de cumplir con su comisión, sospechó que se le había trastornado el juicio á su amo, al verle con el hacha y todo descompuesto.