Don Faustino agarró su sombrero á escape y se salió á la calle, prohibiendo á Respetilla é impidiendo á Faón que le siguiesen.
En cuatro brincos estuvo á la puerta del padre Piñón, y empezó á dar aldabonazos furibundos.
Tal vez por aquel lado se oía mejor, ó tal vez el padre Piñón había recobrado el oído. Lo cierto es que á los tres ó cuatro minutos, el propio Padre se asomó á una ventana y preguntó:
—¿Quién llama á estas horas?
—Yo soy—contestó el Doctor.—¿No me conoce V.?
—¡Ah! Sí... ¿Hay alguien de peligro?
—No hay nadie de peligro; pero que me abran. Tengo que hablar con V.
—¡Ea!—se oyó decir al padre Piñón,—despáchate, Antonio, y baja á abrir al señorito D. Faustino.
Antes de que siga adelante nuestra historia, conviene informar á los lectores de quién era el padre Piñón.
Era el único fraile que del antiguo convento quedaba todavía. Enjuto y pequeñuelo, recibió el nombre de padre Piñón, y apenas si nadie recordaba su verdadero nombre.