Aunque el edificio en que vivieron los frailes se había vendido y estaba sirviendo de molino aceitero, había quedado una habitación cómoda, grande y hermosa, aneja á la sacristía. Ésta concedieron por morada las gentes del pueblo al padre Piñón, á quien querían mucho.

Allí, teniendo á sus órdenes de noche y de día al sacristán Antonio, y de día además á dos monaguillos, cuidaba el padre Piñón del grandioso templo, gloria del lugar, y conservaba las ricas casullas, las dalmáticas y capas pluviales recamadas de oro, la exquisita ropa blanca, como albas, estolas, amitos, sobrepellices y roquetes, llena en gran parte de preciosos encajes y bordados, la custodia cuajada de esmeraldas y de perlas, y otros ornamentos, joyas y primores artísticos que atesoraba la iglesia. Todo esto se hallaba encerrado en armarios, alacenas y arcones que había en la sacristía.

El padre Piñón, no sólo encantaba á las gentes del lugar por sus virtudes, sino por su alegría, buen humor y dichos agudos. Era un dechado de las gracias de la gracia y del poder de la eutropelia, y el célebre padre Boneta hubiera sin duda cantado sus loores, si le hubiese conocido.

Algunos sujetos sobrado rígidos le acusaban de tener la manga muy ancha; pero sin motivo, según hemos llegado á averiguar. Lo cierto es que era aún, y sobre todo, había sido en la época de su mayor auge, el confesor más buscado, y eso que costaba caro confesarse con él. El antiguo refrán que dice: quien reza y peca la empata, parecíale abominable. Bien sabía él que la bondad de Dios es infinita y que perdona al que llora, reza, se arrepiente y hace propósito de la enmienda; pero el mal, hecho ya por el pecado, hecho se queda, y no se remedia ni subsana con el arrepentimiento ni con la penitencia, como ésta no vaya bien encaminada. Á este fin, tenía ideado y ponía en práctica el padre Piñón un sistema de penitencia, por medio del cual, ya que los pecados fuesen inevitables, lograba sacar provecho de los de los ricos en favor de los menesterosos. Teniendo en cuenta, á par de la magnitud del pecado, la riqueza del pecador, solía multarle, ya en una docena de huevos, ya en una gallina, ya en un jamón, ya en un pavo, ya en alguna cosa de comer ó de vestir, que repartía luego á los pobres. Claro está que el padre Piñón era prudente, y cuando se trataba de alguna casada á quien había que imponer, por ejemplo, un pavo de penitencia, lo hacía con el mayor disimulo, á fin de que el marido no se enterase y se echase á cavilar, muy escamado, sobre la equivalencia de un pavo en los aranceles penitenciarios.

Cuando no había de por medio tales respetos, el pago de la multa era público, con lo cual decía el Padre que se conseguía, además, que el pecador se avergonzase y buscase, por esta razón más, el corregirse.

No faltarán censores severos que hallen ridículo el método y condenen al padre Piñón; pero, ó no lo entiendo, ó el método es tan discreto y atinado, que quisiera yo que se generalizase. El padre Piñón no excitaba al pecado, ni mucho menos; pero una vez cometido, y castigándole, sacaba provecho de él para los desvalidos. ¡Qué diferencia de lo que se acostumbra ahora en las grandes ciudades, dando, v. gr., un baile de máscaras en beneficio de los niños de la Inclusa, lo cual, hasta mirándolo económicamente, es absurdo, pues quizás los ingresos que á la cuna se proporcionan están compensados y aun sobrepujados, proporcionándole á los pocos meses multitud de nuevos gastos y quehaceres!

Las acusaciones de manga ancha que se habían lanzado contra el padre Piñón, provenían de los serviles, y tenían otro fundamento. Asegurábase que en tiempo del absolutismo, cuando era indispensable proveerse de una cédula de haber cumplido con la Iglesia, el padre Piñón daba cédulas á los liberales libre-pensadores, en cambio de limosnas; pero esto más bien merece elogio, pues evitaba confesiones hipócritas y comuniones sacrílegas. Añadíase que el padre de D. Faustino, cuando recibía la cédula, daba al padre Piñón media onza de oro, diciéndole:—Vaya, para que diga V. unas cuantas misas por el alma de Riego.

En fin, el padre Piñón, pese á quien pese, era mejor que el pan; más regocijado que unas sonajas, y tan indulgente y caritativo como un ángel. Apenas si había leído más que el Breviario; pero el Breviario se le sabía de memoria, comprendiendo todos los bellos pensamientos, todas las sentencias sublimes y todos los tesoros poéticos que en dicho libro se contienen.

Dispense D. Faustino que le hayamos en apariencia detenido á la puerta para dar alguna noticia del padre Piñón, en cuya sala de recibo se halló, á poco de haber llamado, introducido y guiado por Antonio.

—¿Qué tiene que mandar á su capellán el señorito D. Faustino?—preguntó el padre Piñón.