—Padre—contestó el Doctor,—omito preámbulos: el disimulo es inútil. V. sabe quién es María. Aquí se oculta María. Vengo en su busca. Quiero verla. Es mi mujer. Tengo razón y justicia para exigir que no me huya.
—¡Hijo mío! ¿Qué locura es esa?
—Responda V.—añadió el Doctor.—¿Dónde está María?
—Ya que exiges respuesta categórica, te la daré: Dominus custodivit eam ab inimicis et a seductoribus tutavit illam.
—Dejémonos de bromas. Ni yo soy su enemigo ni su seductor. No hay para qué guardarla de mí.
El Doctor quiso salir de la sala y registrar la casa del Padre, quien le contuvo suavemente.
Entonces el Doctor empezó á llamar—¡María, María! no te ocultes de mí. No me abandones.
El padre Piñón dijo: Dominus, inter cætera potentiæ suæ miracula, in sexu fragili victoriam contulit.
—¿Qué diantres pretende V. significar? ¿De qué victoria habla V.?
—Dominus deduxit illam per vias rectas.